¿Repetimos?


Ante la mirada de tantísima gente me eligió a mí, una chica normal a la que no le gusta llamar la atención. Había personas interesadas en aquella (aburrida) conferencia. A mí no me interesaba, solo iba a hacer mi trabajo, quizás unas fotos y enseguida me marchaba. No tenía la más mínima intención de quedarme, aquello no era para mí, estoy segura que tampoco para muchos a los que veía bostezar mientras yo hacía mi trabajo. Aquellos hombres hablaban y hablaban sobre temas aburridos. Aquello tenía para largo. Salí a encenderme un cigarro. No había nadie fuera, agradecí este momento de soledad. Comprobé las fotos que había realizado, algunas se salvaban por lo que el trabajo estaba más que realizado pero había decidido tomarme el día con calma. Siempre iba corriendo de un sitio para otro, así que mejor así.

Unos minutos después sentí unos pasos detrás de mí y una grave voz me pidió fuego. Claro que había recaído antes en esta criatura de la naturaleza pues su belleza no pasaba desapercibida. Le pasé el mechero y comenzó a entablar una conversación. Su sonrisa me advertía que no era de fiar. Había conocido a muchos hombres como él. Elegante, con buena apariencia y radiantemente guapo pero no me dejé engatusar, al menos, no al principio. Comencé dándole largas, quería tiempo para mí pero entonces comenzó a decirme que mientras estaba en la ponencia no se podía concentrar debido a mi presencia. Yo me reí ante aquel ‘halago’, lo cual no le pareció muy gracioso. Unos minutos después indagamos un poco más sobre nosotros hasta que acabamos por intercambiarnos los números de teléfono.

Los días pasaban y su rostro no hacía más que asomarse por mis pensamientos pero sin ninguna señal en el teléfono. Tampoco sería yo la que escribiría. ¿A cuántas les habría dicho lo mismo? Un día estando trabajando me llegó un mensaje ‘siento el retraso pero he estado muy ocupado pero no he parado de pensar en ti, en tu sonrisa, en tu forma de hablar…Creo que nunca he visto a nadie así’. Aquel mensaje hizo que me estremeciera, ¿cuánto tiempo hacía que alguien no me decía algo así? Le respondí un poco seca aunque no podía ocultar mi sonrisa y satisfacción por aquel mensaje. Unos segundos después me llegó otro mensaje ‘Creo que tenemos que vernos…Sé que también te apetece…No me engañes’ y me dio su dirección. ¿Debía ir yo? Tras sopesarlo decidí dejar de pensar, siempre le daba muchas vueltas a todo así que por una vez me decidí y me embarqué en aquella aventura. Sentía mariposas por todo mi cuerpo y mientras caminaba no dejaba de pensar en el reencuentro.

No vivía demasiado lejos así que enseguida me encontré en el portón de su casa. De repente, una sensación extraña invadió mi cuerpo pero decidí seguir hacia delante. Llamé al timbre y no habían pasado más de cinco segundos cuando me abrió. Allí estaba él, tan guapo, tan atractivo tan….Él. Comenzamos a hablar de cosas estúpidas, cosa que siempre había odiado, no me gustaba malgastar mi saliva hablando del tiempo o de cosas que realmente no me importaban. Se veía que él tampoco tenía muchas ganas de hablar. Tras un pequeño tour por su pequeño paraíso y tras hablarme un poco de su trabajo, cuando ambos nos quedamos sin palabras, me cogió intensamente por mis brazos y sin perder ningún segundo  me besó. Aquello solo lo había visto antes en las películas, jamás había vivido una situación igual. Sus besos no cesaban y casi sin darme cuenta me hallaba sin ropa sobre su cama, compartiendo un momento de lo más íntimo e inigualable. Las dudas, si las había, se habían marchado, y allí solo quedaban dos torsos desnudos, uno sobre el otro, bailando sobre las sábanas sin ningún tipo de pudor. Duró lo que tuvo que durar pero el éxtasis se consiguió. Sin pensamientos, sin corazón, tan solo el contacto físico y la pasión.

Tras unos minutos en las nubes bajé a la tierra. Miré al lado y solo veía a un hombre acostado en la cama. No existían mariposas, no había un cosquilleo, solo unas sábanas manchadas de lujuria y tentación. Allí faltaba algo más. La satisfacción de aquel encuentro acababa de desaparecer y de repente no me sentí bien. ¿Era aquello realmente lo que buscaba? Quizás, si aquella era mi sensación, no.

Lentamente comencé a ponerme mi ropa y su cuerpo permaneció igual, inmóvil, como si después de haber comido y sentirse satisfecho no le importara lo demás. Apetito saciado y nada más. Tras hacer lo común, ir al servicio y terminar de arreglarme vi que él ya se había levantado y permanecía con su ropa interior. Tan solo me dedicó una sonrisa, aquella que vi el primer día y me di cuenta de que no podría haber nada más pero que aun así quise seguir adelante. Mi elección. Tras una escueta y fría despedida con un beso en la frente supe que no volvería. Aquello no estaba hecho para mí. Yo era más de conversaciones y de hacer el amor con la mirada (para después poder materializarlo), de caricias y de palabras sinceras. Una sensación extraña, que no de culpabilidad pues era una mujer libre, invadió mi ser.

Volví a mi casa no muy tarde y comencé a ver una de mis películas favoritas, de esas de amores imposibles que hacen que te enamores y sientas lo que el protagonista, lo haga bien o no. Unos minutos después me llegó un mensaje ‘ha sido estupendo…¿Repetimos?’. Apagué el teléfono y seguí disfrutando de la película. Quizás no era mi momento.

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El último adiós


Dedos entrelazados, miradas de complicidad y pasión. Agarraba las sábanas con todas mis fuerzas, quería vivir aquel momento como nunca, besarle, apretarle sin mediar palabra. Cerraba los ojos sin pensar en nada más, simplemente, dejándome llevar. No debíamos hablar, sería nuestro secreto. Como si dos niños inocentes estuvieran haciendo algo prohibido y debieran mantenerlo en secreto. Entre risas los besos no cesaban. La felicidad se concentraba en aquel paréntesis en nuestras vidas, en una burbuja, en aquel dormitorio que conocíamos a la perfección, al igual que su cara, su torso… Un momento que no debía ser contado.

Reconocía su cuerpo a pesar del tiempo que hacía que no nos veíamos y él sabía cómo hacerme disfrutar, también yo a él. En ese momento no nos importaba lo que era correcto y lo que no, todo lo demás sobraba.Estábamos solos. Él y yo.  Recuerdo su sonrisa, su mirada, el amor que aún no había desaparecido entre nosotros, la ternura con la que me tocaba, con la que me sonreía. No había cabida para nada más en aquella habitación. Un rincón encantado que tantos años atrás habíamos disfrutado juntos, pero esta vez era diferente. Esta vez no era como siempre. Era especial. Sabíamos que teníamos que volver a nuestra nueva realidad, una realidad en la que nunca había reparado antes pues prefería no imaginarme en una situación distinta, pues él ya no estaba en ella.

Las migajas del amor se conservaban entre las sábanas, entre los besos que extrañábamos, entre las caricias que jamás volverían, entre las miradas de complicidad que desaparecerían con el tiempo. Se trataba del punto y final que necesitábamos, un momento que recordaríamos para siempre pero que supondría un paso hacia adelante para nosotros, para no volver a mirar hacia atrás. Vivir el momento, vivirlo intensamente sin importar en las consecuencias. El tiempo pasaba sin apenas darnos cuenta e imágenes del pasado venían a mi mente pero trataba de expulsarlas y concentrarme en el aquí, como siempre. Quizás no podía haber un cierre mejor para aquella relación. Una habitación llena de complicidad que quedaría en el recuerdo. En nuestro recuerdo. La pluma escribía el final de un bonito episodio para poder iniciar una nueva página.

Carpe Diem.

La noche perfecta

Chupitos de alegría durante largas conversaciones en la noche hicieron que perdiera un poco el rumbo. No era solo el alcohol el que me había nublado las ideas, era la noche. La noche y tal vez ella. Una noche perfecta, cálida y hermosa. Una noche de risas, de anécdotas, de intimar. De conversaciones tontas pero también profundas. Luces, música, alcohol. La noche pasaba demasiado deprisa. Poco a poco iban quedando menos personas a nuestro alrededor aunque apenas nos centramos en ellas. ¿Qué nos importaba? Sin apenas darnos cuenta nos dispusimos a marcharnos, sin dejar de hablar, sin dejar de mirarnos, sin dejar de sonreír.

Sin saber cómo ni cuándo, de repente, noté el agua del mar en mis pies descalzos aunque no eran sólo mis pies los que se hallaban desnudos. Mi ropa había desaparecido. Unos minutos después me encontraba en la profundidad del mar, no se veía nada más a mi alrededor. Las olas me mecían, nos mecían. Jugábamos, reíamos, disfrutábamos. Hacía tiempo que nadie me había hecho sentir así. Libre. Tan libre. Quería que este momento durara eternamente.

La luna estaba escondida y nuestros cuerpos desnudos se rozaban, se sentían. No había ningún propósito en aquel fortuito encuentro más allá que el disfrute de nuestras palabras y de una velada perfecta. No había nadie más en la playa. Ningún rostro cercano, y si lo hubiese, tampoco lo veíamos. Es lo hermoso de la noche, de los juegos inocentes e indecentes. La temperatura era perfecta para quedarnos allí el tiempo que necesitáramos aunque las olas, un poco revueltas de vez en cuando, anunciaban que no podíamos permanecer en el mismo lugar. Bailábamos a su ritmo, nos dejábamos llevar por ellas pero no queríamos salir del agua. Miradas cómplices, atrevimiento y conversaciones durante la madrugada que quedarían en nuestra memoria para siempre. Sólo el mar sería cómplice de lo que aquella noche sucedió. Allí, en la profundidad del mar, todo era perfecto.

Hoy sé dónde voy a dormir

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Como cada noche sabía que, después de dar mi paseo nocturno con mi perro, volvería a casa. Sabía que mi cama estaría esperándome y que yo me sumergiría en ella con todas mis fuerzas para agarrarme a mi almohada y taparme con mis sábanas aunque no hiciera falta. Sabía que tenía un lugar, un hogar al que regresar. Sabía que ese sitio estaría garantizado y que estaba hecho para mí. Lo que no sabía es que esa noche algo me haría pensar o sentir diferente. 

Aquella noche todo transcurrió muy rápido. Prometía ser una noche cualquiera, sin más. Una vuelta de quizás diez minutos y luego volver a casa para entrar en Facebook y volver a mi vida normal. Pero aquella noche fue diferente. Las circunstancias fueron diferentes. ¿Causalidad? En esta ocasión decidí no coger el camino rutinario de siempre, incluso quise atajar. Estaba cansada. Pero algo estaba a punto de pasar. 

Prejuicios. Nadie está libre de ellos y nadie es nadie. Una persona desconocida se acercó a mí, no sé bien con qué voluntad pero mi ‘sexto sentido’ me avisaba de que debía estar atenta. De todos modos, tan sólo estábamos mi perro y yo. Yo no llevaba nada más. Tras una leve conversación que quise atajar pronto, él se marchó aunque seguía cerca, entonces yo me alejé. Segundos después, escuché unos gritos que llamaron mi atención. Reconocí una silueta lejana con otra más pequeña, era un perro, él le gritaba a aquel hombre. Los conocía. Los conocía de verlos todas las mañanas sentados por la calle pidiendo algo para comer. 

Mi curiosidad esta vez se llenó de valor para tratar de comprender lo que pasaba. La segunda silueta quería alejar a quien primero se había acercado a mí. No entendía bien el idioma. No era español. Aquella persona terminó huyendo y entonces me acerqué a ‘mi conocido’. Él estaba sentado en la acera. No parecía de aquí. Estaba superado. Tratamos de iniciar una conversación aunque algo nos costó. Después de unos minutos, al saber que él hablaba inglés pudimos comunicarnos algo mejor. Me contó cosas sobre su vida, su pasado, su presente…Sus noches en las que sólo era capaz de coger el sueño si bebía algo de alcohol. En ese tiempo, su perro cayó dormido y el mío se sentó pacientemente a esperar a que acabásemos de hablar. Unas lágrimas brotaron por su joven rostro.

Podría tener perfectamente mi edad. Unos minutos después, confirmé que tenía un par de años más. Su vida era la calle. Caminar día tras día, callejear, pedir alimento y un lugar donde ducharse y volver a su tienda de campaña. Un lugar donde resguardarse de la fría noche o simplemente, tener un lugar al que volver. Al principio no me quería decir dónde. Se avergonzaba.

El joven me confesó que se había fijado en mí en otras ocasiones, también yo había reparado en él, quizás el tener perros nos había ayudado a congeniar. Él no quería que me pasara nada y estaba seguro de que aquella noche me quisieron robar. Sus ojos brillaban y me decían que eran lágrimas sinceras. Su mirada no me dejaba marcharme. Quería conocer más. Cuando le pregunté porqué lloraba él me contestó que eran lágrimas de felicidad. Su sonrisa me pareció sincera pero tampoco entendí bien el porqué. Un rato agradable.

Tras un grato diálogo tuve que marcharme. Tenía una casa a la que volver. Sin embargo, a él lo dejé allí sentado en mitad de la calle mientras me veía desaparecer. Egoístamente yo sabía dónde iba a dormir pero no sabía que me acostaría pensando en aquel joven que no tenía nada que perder y, que sin saberlo, había hecho mucho por mí. 

Dos de Noviembre

Como cada 2 de noviembre solía ir la cementerio para hablar con Amelie, mi novia. Ella había fallecido hacía seis años por lo que, desde entonces, había tomado por costumbre ir en este día. Este era el día que comenzamos a salir así que sentía que se lo debía. Teníamos que estar juntos en esta fecha tan señalada. Solía ir por la mañana, lloviese o no y me pasaba las horas allí con ella. Le contaba lo que había hecho día tras día durante ese año, incluso si había estado con otra persona aunque a esto nunca le daba demasiada importancia. No quería estar con nadie. Sólo con ella.

Llegaba por la mañana y me sentaba junto a su lápida. Me metía la mano en el bolsillo y sacaba unos papeles. En esas cuartillas escribía cada día lo que había hecho para no perderme ningún detalle y así podérselo contar posteriormente a ella. Sabía que le encantaría escucharme. Se lo debía. Solíamos hablar mucho y siempre le decía que tenía un don. El don de saber escuchar. Lo hacía mucho mejor que yo. A veces yo no paraba de hablar, de indignarme por mi mierda de trabajo y ella siempre tenía las palabras perfectas y el abrazo oportuno para consolarme. Cuánto la quería. Preparaba un picnic con comida para dos aunque solía sobrar su parte (y digo solía porque a veces me la comía yo).

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Quien se fijara en mí podría pensar que era un loco obseso, un perturbado, alguien que jamás pudo superar la muerte de su pareja. Y así podría ser pero no me importaba lo que pensara el resto del mundo. Yo hacía lo que sentía. Si ella estuviera viva sabía que nos iríamos al parque a comer y celebrar nuestro aniversario juntos y volvería a ver esa sonrisa que la hacía tan especial.

Un día pasó algo extraño. Llegué a su lápida y había flores en el lugar que siempre las ponía yo. En esta ocasión iba por la tarde, me había entretenido esa mañana pero ¿quién me había adelantado? Su familia me respetaba y sabía que esta fecha era para mí por lo que descartaba a sus familiares. Aquello me mosqueó. Cogí las flores que se veía que estaban recién puestas y las retiré con sumo cuidado. Coloqué las mías. Más rojas, más vivas o, al menos, así lo creía yo.

Me arrodillé para hablar con ella pero en esta ocasión una nube blanca pasaba por mi cabeza. Por primera vez en estos años no sabía qué decirle o, mejor dicho, no tenía qué contarle. En ese momento, encontrándome yo traspuesto oí unos pasos, ¿quién se dignaba a venir ahora? Miré hacia atrás y escuché unas voces “No entiendo por qué. Él tendría que estar aquí con nosotros.” Oía sollozar a una voz familiar. Alguien trataba de calmarla. Entonces, cuando por fin pude verla me di cuenta de que eran mi madre y mi hermano. No me veían. Quería hablar con ella, decirle que estaba delante suya pero ninguna palabra salía de mi boca. Mi cerebro estaba bloqueado. “Hijo, te obsesionaste, no fuiste el culpable de su muerte aunque así te lo hicieran creer. Yo sé que fuiste inocente”. No daba crédito, entonces miré mis manos ensangrentadas y me di miedo de mí mismo. ¿Qué había hecho? “Te culparon de asesinato pero Dios sabe que no es verdad. Tú, mi hijo, eres inocente”. Me llevé las manos a la cabeza y entonces miré a donde mi madre dirigía sus palabras: a mi propia tumba. “No, no, no”, pero la negación sólo se repetía en mi mente. Yo no podía haberla matado, yo la quería. Quería abrazar a mi madre pero no era posible, había como un cristal entre nosotros que nos separaba. Entonces miré el árbol que yacía frente a nuestras tumbas. Reconocí mi letra en la inscripción que había en el tronco “Tuve un sueño revelador, yo lo hice. 2 de Noviembre” y, a continuación, tuve un flashback. Me vi a mí mismo ahorcado en el mismo árbol.

Señales (IV y última parte)

La alarma sonó a las siete en punto de la mañana, volvía a mi rutina, al trabajo. Pero no tiene que sonar deprimente, en cierta medida, tenía ganas de volver a la oficina y ponerme manos a la obra, ya había desconectado bastante y ansiaba tomarme el café acompañada de mis compañeros cada mañana. El recibimiento fue muy bueno, Sergio, el secretario me abrazó con muchas ganas y me dijo que me esperaba para almorzar, Ana y cafessSusana también me saludaron con mucha alegría al igual que Guillermo y Enrique. Mi jefa por fin salió de su despacho para recibirme con un grab abrazo. Raro. No había conocido nunca a una persona que quisiera tener tan poco contacto con el resto del personal. Después de nuestros saludos cada uno ocupó su habitual puesto y nos pusimos con nuestros trabajos.

Los meses fueron pasando pero comenzaba a echar en falta algo más. Una noche quedé con Sergio para tomar unas copas, sabía que aquella salida se podría malinterpretar porque hacía tiempo que me había dado cuenta de que sentía algo por mí, yo trataba de ignorar la situación pero nos convertimos en grandes amigos y confiaba mucho en él. Además, él me respetaba y no intentaba dar un paso que fuera más allá. Nos reíamos mucho y nos podíamos pasar horas hablando. Él conocía todas las relaciones que había tenido e incluso me preguntaba por cómo me sentía. Se preocupaba por mí. Esa noche estuvimos en nuestro pub preferido, allí intercambiamos nuestras perspectivas acerca de la vida, nos gustaba mucho filosofar y hablar de cosas que no puedes con todas las personas. Esa noche al mirarlo se me pasó algo por la cabeza que no quise exteriorizar.

Cuando vi que se nos hacía tarde le dije que me tenía que marchar. Pude notar la decepción en su rostro pero preferí no darle importancia. Por fin había descubierto qué era lo que me ocurría, qué era lo que necesitaba para sentirme realizada.

Un año más tarde

El sol brillaba aquel primer domingo de marzo que daba la bienvenida a la primavera. Adivinaba que sería un día perfecto. Hacía unos meses que la felicidad se había apoderado de todo mi ser. Por fin me sentía completa. Me puse mis zapatos de deporte, me recogí una coleta y me vestí. Me dirigí a mi dormitorio y sonreí al verle allí tumbado en mi cama, comenzaba a despertarse, sus ojos medio abiertos me llamaban, sonreía, claro que sonreía, al igual que yo cuando lo miraba a él. Me hacía feliz y estaba segura de que yo también le hacía feliz. Me acerqué lentamente a la cama y me tumbé a su lado. Le toqué su cara y le di un fuerte beso, entonces me cogió mi mano con sus pequeños deditos. Yo los besé. Lo cogí en brazos, lo mecí un poco y a continuación lo vestí. Preparé su carro y nos fuimos a pasear.

Hacía unos meses que había tomado una decisión de vital importancia, una decisión que me acompañaría el resto de mi vida y que pasase lo que pasase cargaría con ella para siempre. Rubén había sido abandonado por su madre nada más nacer cuando yo había tomado la decisión de convertirme en madre. Quería adoptar a un bebé, no me importaba ser madre soltera, de hecho, me di cuenta de que era lo que deseaba. Aquella noche hablando con Sergio me había dado cuenta. Él podría ser el padre y la pareja perfecta pero yo no quería atarme a nadie. No lo necesitaba. Parece ser que los astros se alinearon a mi favor cuando recibí aquella llamada que siempre recordaré. Laura, queremos que conozcas a alguien…Ven lo antes posible al hospital. Sin pensarlo ni un segundo me dirigí al hospital donde le estuvieron haciendo las pruebas oportunas y nada más verlo sabía que sería el niño de mi vida.

parquePasaron tres meses hasta que por fin pude hacerme cargo totalmente de él pero desde que lo conocí, visité cada día el hospital y el centro donde lo acogieron. Quería que sintiera el calor de una madre y que no echase en falta nada.

Salimos a dar una vuelta por el parque, él tan sólo tenía tres meses, era mi bebé y yo lo llevaba allá por donde fuera como si de un trofeo se tratase. Ahora podía describir lo que la felicidad significaba para mí. Sergio se convirtió en “el tío Sergio”, papel que aceptó con agrado y a sabiendas que no pasaría nada más entre nosotros. De hecho, yo le animaba a salir con otras mujeres y él parecía que lo había aceptado. Aquella mañana me encontré con Javier en una cafetería. Sí, Javier, mi ex, quien se sorprendió al verme con el pequeño. Al verme aparecer por allí esperaba ver a alguien más, pero eso no ocurrió. Él me invitó a sentarme un rato con él. Hablamos sin remordimientos y él se emocionó al verme tan radiante de felicidad, se sintió orgulloso de que por fin hubiese encontrado lo que me hacía feliz. Yo también me alegré por él al saber que había rehecho su vida. En parte me sentía culpable por cómo le había dejado pero comprendí que no se puede estar con una persona si los sentimientos no eran recíprocos.

12112312_10207883576157041_1580611883438198001_nTenía todo lo que quería. No me cerraba a conocer a nuevas personas pero de lo que estaba completamente segura era de que no iba a buscar a nadie. Si tenía que llegar alguien llegaría. Por ahora tenía todo lo que deseaba y no echaba en falta nada más. Había madurado y había comprendido que para ser feliz no había que ir en búsqueda de tu otra mitad. Tú eres una persona entera y no hay mitades que valgan. Y ¡mira donde había encontrado mi felicidad! En lo que se había convertido en una extensión de mí.

Aquella noche salí a mi balcón, sí, mi balcón, cuando adopté a Rubén decidí comprarme un piso un poco más grande y como ya dije, una de mis cosas favoritas de los pisos eran las terrazas para poder ver el encanto de la ciudad. Esta vez no me encendí un cigarro, lo había dejado, quería llevar una vida más sana y darle a mi pequeño una vida saludable. El cielo estaba precioso, se veían las estrellas a la perfección, lo que me recordaba al cielo de ‘El Rey León’, siempre lo decía cuando veía las estrellas. Entonces un nombre pasó por mi cabeza, Amanda. ¿Qué sería de ella? Estuviera donde estuviera había dejado huella en mí, me había marcado y me dio una lección que con el tiempo supe comprender.

Te deseo que te encuentres a ti pero que no busques a nadie, eres una mujer preciosa, no te precipites, si alguien tiene que venir vendrá. Y eso de que tenemos una media naranja…¡Bah! Allá cada uno. Quizás nuestro destino sea no estar con nadie y estar con todo el mundo. No tenemos por qué atarnos a una persona porque así lo conciba la sociedad.

Señales (III Parte)

(…)

Estuvimos un rato hablando sentadas en la acera. Había removido algo en mí. Después de haber hablado de nuestras vidas, se levantó y me ayudó a incorporarme. Le pregunté si necesitaba coger un taxi pero me dijo que se quedaba en un hostal muy cerca de allí por lo que no lo necesitaba. Yo me quedé un poco desconcertada, no quería decirle adiós, así que me atreví a preguntarle si nos volveríamos a ver. Ella me acarició mi rostro, me dio un dulce beso al cual correspondí con gusto y a continuación me dijo que al día siguiente cogía un vuelo para Austria ya que iba a empezar a trabajar allí. Por primera vez, ante una situación como ésta me quedé muy cortada, estaba acostumbrada a salirme con la mía, aunque a decir verdad, era la primera vez que me encontraba así con una mujer.

Estaba confusa. Confusa y cortada. Ella volvió a sonreírme. “No creo que yo sea lo que busques, después de hablar contigo y ponerme al día de tus aventuras y desventuras no creo que lo que necesites ahora es una relación y yo no soy de rollos de una noche. Esto ha pasado así pero no estaba planeado, te aseguro que no. Te deseo que te encuentres a ti pero que no busques a nadie, eres una mujer preciosa, no te precipites, si alguien tiene que venir vendrá. Y eso de que tenemos una media naranja…¡Bah! Allá cada uno. Quizás nuestro destino sea no estar con nadie y estar con todo el mundo. No tenemos por qué atarnos a una persona porque así lo conciba la sociedad”. En ese momento se dio media vuelta y se marchó. Mi corazón dio un brinco. ¿Qué me había pasado? ¿Amor a primera vista? ¿El alcohol lo había engrandecido todo? Sea lo que fuere aquella mujer me marcó y sus palabras se inculcaron en mi cerebro. Había sido una noche mágica.

“Espera, espera, espera, ¿me estás diciendo que ahora te gustan las mujeres?”. Me interrumpió Miriam cuando acabé de contarle aquella historia. “No es que tenga nada en contra de eso y lo sabes pero entiéndeme he conocido a todos tus ligues…o a muchos de ellos y la última vez que supe de ti estabas viviendo con Javier”. Miriam me hizo reír, di un trago al vaso de vino y le contesté.

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“No es que me gusten las mujeres, tampoco te voy a decir que me gustan las personas, suena un poco…No sé, extraño pero no. No me llama la atención las mujeres ni nunca he mirado a una mujer con otro propósito pero Amanda era especial. Me hubiese quedado horas hablando con ella y me quedé con ganas de volver a verla y para qué mentirnos, me gustó besarla. Me hizo sentir especial”.

Miriam me analizó con su mirada, por supuesto a ella le daba igual la orientación sexual de cada uno, era una persona muy respetuosa pero estaba intentando comprenderme. Cosa difícil, porque tampoco me entendía yo. “Si no se hubiese ido…”, comenzó a decir. “Y si, puto y si, ¿eh? Claro que lo he pensado en varias ocasiones desde que aquello ocurrió pero mira, ocurrió así, quizás es como tenía que ser”. “Tal vez ha sido el caprichoso destino quien la cruzó en tu camino para que te dieras cuenta de que no tienes por qué estar con alguien…Siempre te has empeñado en estar acompañada”, me dijo cogiéndome de la mano. “Fue un ángel que vino a avisarme, tienes razón”. Le di un sorbo a mi vaso y seguí ensimismada. Miriam me sacó de mi nube contándome sus batallitas por Inglaterra y yo la escuché con mucho interés pero después me quedé dubitativa. “¿Qué te ocurre ahora?” me soltó con un tono impaciente. “No te he contado todo”. “¡¿A qué esperas?!”

Después de aquella noche decidí que tenía que tomarme unas mini DSC07511vacaciones de mis vacaciones, es decir, tenía que salir de Madrid, liberarme y hacer cosas nuevas. Pensé en varios destinos pero al final me decidí por Cádiz, me habían hablado de que allí se veraneaba muy bien y sus playas eran increíbles. No me lo pensé dos veces, me compré un billete de tren para Cádiz y me marché. Me hospedé en un hotel con vistas a la playa, era un lugar magnífico, casi podría decir que era el paraíso si no estuviese rodeada por tanta gente.

Como cada día, bajé a la playa para tumbarme en mi toalla, tomar el sol y leer. Aquella mañana fue diferente, sentía que la gente me miraba más de la cuenta. Esa mañana me había hartado de desayunar en el hotel, había probado de todo, así que pensé que podría estar manchada pero entonces me percaté de la dirección a la que se dirigía la mirada de un apuesto joven, ¡mis pechos! En un primer momento me puse nerviosa y enseguida me puse el biquini en su correcta posición pero luego dirigí una mirada asesina a ese joven “¿nunca has visto una teta?”. El muchacho, que estaba de muy bien, todo hay que decirlo, vaciló en contestar pero a continuación sonrió y se acercó a mí. “Perdona si te he molestado, no era mi intención, ¿un mojito para compensar?”. Al principio arqueé las cejas y no estaba muy dispuesta a aceptar, lo primero que pensé es que estos gaditanos eran demasiado lanzados pero cuando me ofreció la mano con una gran sonrisa para levantarme tuve que devolverle la sonrisa y ceder.

DSC_0427 Nos dirigimos a un chiringuito muy próximo de allí. Nos sentamos en una mesa que estaba justo en la arena y pidió dos mojitos. “¿Aquí los de Cádiz invitáis a cualquiera?” “Los de Cádiz no lo sé, yo soy de Burgos”. ¡Mierda! ¿Cómo no lo había intuido por su forma de hablar? Me quedé callada unos segundos y él volvió a sonreírme “vosotras en Madrid aceptáis muy pronto un mojito de un desconocido ¿eh?” En realidad me hizo reír, tampoco me ofendió. El muchacho era mono, no había sido grosero y hacía mucho calor por lo que un cóctel y compañía no me vendría mal. Estuvimos hablando un rato y yo le conté que había venido a Cádiz para despejarme las ideas, necesitaba descansar, desconectar y encontrarme a mí misma. “No empiezas bien si aceptas tomar algo con un desconocido”. “Bueno, no sé cómo interpretáis las cosas en Burgos pero yo sólo he aceptado una copa que tú vas a pagar y un poco de conversación, estoy sola y no quiero volverme loca”.

El sol se puso y nosotros seguíamos allí sentados. Al parecer sus colegas tampoco le habían echado mucho de menos. Cuando vi que se estaba haciendo tarde le dije que me tenía que marchar, él insistió en que me quedara más tiempo pero le dije que ya volvía a necesitar estar sola, que era el objetivo de mi viaje. Él me miró sin terminar de creérselo pero me dejó el paso libre. “¿Nos volveremos a ver?”, me preguntó. Aquello me recordó a Amanda. Miré hacia abajo, aquella noche hubiese dado cualquier cosa por haber recibido una respuesta afirmativa pero no sucedió. El muchacho me miraba buscando una respuesta, entonces le respondí “Si el destino quiere, quizás”. Tras aquellas palabras me marché, en realidad puedo sonar súper “cool” habiendo dicho eso y después, mucho después, me sentí orgullosa de mi respuesta pero a los tres segundos de pronunciarlas ya me había arrepentido. Oh dios, el burgalés estaba como un queso, ¿qué más daba? Ya podría dejar mi desconexión para el día siguiente o yo qué sé. Estaba en un hotel sola pudiendo estar acompañada.

Cuando llegué al hotel me puse a ver la tele mientras cenaba. Pensaba mucho en el de Burgos pero quizás, bueno, no quizás, seguro que era por el morbo que daba conocer a alguien y llevarlo a tu hotel. Muchas películas lo sé. Al final, no se estaba tan mal sola en el hotel.

“¿Ahí quedó la cosa?”, me preguntó Miriam. “Sí, al día siguiente bajé a la playa por otro lado y ya no volví a encontrármelo”. Así cerramos nuestra conversación y la noche.

Señales (II Parte)

Tres meses más tarde

Aquella mañana no tenía nada que hacer así que seguí con mi plan de hacer deporte, me puse ropa cómoda y me fui a correr. El verano estaba a punto de acabar y mi mes de vacaciones también. Tenía dos días para concienciarme de que volvía a las andadas y tenía que llevar nuevas ideas a la empresa. Yo trabajaba para una gran empresa de publicidad, era la mente creativa. Me encargaba de aportar ideas para el diseño de carteles, en vallas publicitarias y en diversos sitios. También me gustaba mucho hacer el diseño, por lo que no me quedaba únicamente con la idea. Aquello que tenía en mi mente lo materializaba en un papel o en el ordenador. Mi equipo estaba muy contento conmigo, también yo con ellos.

Los días ya no eran tan calurosos como antes, aquello empezaba a mosquearme. Nunca me gustó el cambio de estaciones aunque el otoño no me disgustaba. Era el tiempo idóneo para estar en casa, sentada en el sofá, tomando algo calentito y ver alguna americanada de las mías. Y bueno, hacía ya tres meses que me había mudado, no conseguí quedarme con mi terraza. Alquilé un piso por el centro de Madrid, tampoco estaba muy mal, una cocina un poco pequeña pero tampoco me importaba demasiado. No me gustaba cocinar y tampoco pasaría mucho tiempo en ella. Era más de calentar cosas y comer sobre la marcha, incluso de pie o trabajando.

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Al acabar de hacer ejercicio volví a mi piso y me duché. Mientras estaba secándome el pelo recibí una llamada de mi amiga Miriam, hacía mucho que no nos veíamos y había venido de visita a Madrid. Me dijo que si nos podíamos ver esa misma noche y por supuesto le respondí que sí. Miriam era una muy buena amiga de la universidad que se había ido a trabajar a Londres, así que ya no estábamos tan en contacto como antes. Además, yo odiaba las tecnologías. Bueno, no es que las odiase, para mi trabajo, me encantaba y disfrutaba diseñando pero para mi vida cotidiana prefería prescindir de ellas. Yo era una persona que disfrutaba más del día a día y de disfrutar de un face to face, una vez acabado el trabajo pasaba de ordenadores.

Cuando nos vimos en el bar Toronto nos abrazamos fuertemente, nos dio mucha alegría vernos después de tanto tiempo. Me echó la típica bronca de por qué no contestaba a losIMG_20151003_203623 mensajes por las redes sociales o por qué no la llamaba con más frecuencia. La última vez que la llamé fue para recordarle que tenía mi libro preferido, lo cuidara y no me lo perdiera y de aquello hacía ya más de cuatro meses. “Es increíble que a pesar de que pases de mantener el contacto por Internet sigamos como siempre, como si el tiempo no pasase entre nosotras. Pero de verdad, podrías dejar algún mensaje de vez en cuando, te aseguro que no duele”. Yo le sonreí mientras comía unos nachos que había pedido ella. Estaba esperando a que llegara el momento. Sí, ese momento en el que tus amigas te preguntan por tu vida amorosa y recuerdas que no le has contado nada y tendrás que empezar desde el principio. Para qué mentirnos, me gustaba ese momento, tendríamos para rato pero prefería hacerlo ahora, cara a cara, en lugar de a través del teléfono y perderme sus caras, sus gestos…Se pierde mucho cuando se cuentan cosas importantes, bueno rectifico, “interesantes o curiosas” a través de las redes sociales. Esa magia de contarlo sentadas tomando algo no tiene precio, además, Miriam era una persona muy expresiva y seguro que no se quedaría indiferente.

Dos meses antes

Hacía mucho que no salía de fiesta, mis amigas Elena y Nuria me enredaron para después de cenar ir a un pub a seguir bailando y disfrutando. Hacía un mes que había dejado a Javier y al parecer, para ellas, era mucho tiempo sin estar con un tío. Nos habíamos tomado unas copas de más y lo dimos todo en la pista, incluso llegamos a subirnos en la barra frente a muchas miradas de hombres golosos deseosos de pasar una 10401387_10206133553124130_6763785169846431805_nnoche con una de nosotras o con cualquiera que le devolviese una palabra o sonrisa. A pesar de estar ebria sabía que no quería acabar en la cama de ninguno de esos babosos, aquella no era mi intención aunque sí la de mis amigas. Después de un par de horas les perdí la pista, tampoco me sorprendió demasiado. Las conocía, decían que iban de fiesta por mí pero las más fiesteras eran ellas. Ellas no necesitaban que les tocaran las palmas para que se tomaran unas bebidas más. 

Ya empezaba a estar agotada y viendo que me tendría que pedir un taxi decidí salir del recinto para pillar uno. Iba un poco dando tumbos, los tacones tampoco ayudaban demasiado, yo nunca había sido de llevar tacones. Cuando estaba en la puerta, un joven con apariencia chulesca se acercó a mí y me acribilló a preguntas. Si esa era su arma de seducción la llevaba clara conmigo. Sólo empezar ya iba por mal camino, tan sólo quería apagar una urgente necesidad que saltaba a la vista con tan solo mirarle la entrepierna. Él también iba muy borracho pero no me gustó que se acercara a mí y empezara a manusearme. Yo me quejaba pero apenas me lo podía quitar de encima. De repente, una voz apagó sus ansias de desearme en aquel momento, “deja a mi chica”, escuché decir a una dulce voz. Aquello no pareció gustarle al machote cuando se dio cuenta de que una muchacha se acercaba a nosotros con paso ligero. Era alta, morena y muy guapa. Se puso justo a mi lado, me cogió del hombro y me plantó un beso en los morros. Yo me quedé perpleja y ella continuó hablando “no me gustan demasiado los tríos, puedes marcharte, nosotras nos vamos a casa”. “Lesbianas asquerosas deberíais estar presas”, espetó el grandullón xenófobo. En ese momento ella me giró y nos dispusimos a caminar, yo aún no había podido decir nada. Cuando ya conseguimos perderlo de vista paramos y ella se presentó. “Mi nombre es Amanda”. A continuación me ofreció un cigarrillo, el cual acepté con agrado. Comenzamos a conversar y me pareció una mujer muy linda. Debía tener unos años más que yo, quizás treinta. “Gracias por sacarme de allí, yo me lo hubiese quitado de encima, creo que tampoco hubiese sido difícil, iba muy puesto, aun así, creo que has sido muy elegante”. Ella me sonrió, “no sé si elegante es la palabra pero bueno, tampoco sabía si me apartarías de un empujón, no suelo ir besando a cualquiera, créeme”. Yo le devolví la sonrisa.

(…)

Señales (I Parte)

Un muro entre nosotros, cerca pero no lo suficiente. Años de amistad, de conexión, de risas y de comprensión, pero en esta noche fría nada era igual. Quizás un cigarro y tomar el aire no me vendría mal, tal vez demasiados pensamientos insanos, quizás altas expectativas para una relación que solo podía ser de dos. Hacía tiempo que había dejado de ser yo cuando estaba con él, yo ya no era feliz después de estos años. No era capaz de levantarme por la mañana, mirarle con mi peculiar sonrisa y ojos brillantes como lo hacía antes. En cambio, yo sí veía todo eso en él. Me empezaba a hacer daño su sonrisa, sus caricias, sus amagos por recuperarme, su felicidad. ¿Cómo podía hacerme daño la felicidad de la persona por la que había apostado? ¿Cómo habíamos llegado a este punto? Sigue leyendo

¿…?

Recuerdo aquella mañana como si fuera ayer. Yo sólo tenía cuatro añitos y el miedo
que pasé aquel día cuando ella me soltó la mano y se despidió de mí, no he dejado de sentirlo desde entonces, sobre todo, en esta fecha que debería ser especial. Lágrimas, sollozos, desmanosconsuelo. Amaneció un día radiante, un cielo azul despejado pero, poco a poco, aquella mañana, se fue torciendo cada vez más oscura. Me sentí incluso más pequeña de lo que ya era. Esa escena se me repite en la cabeza cada vez que cumplo años. Un beso al aire y una mirada que no supe interpretar. ¿Por qué?

El tiempo fue pasando y yo tuve que ir a un orfanato, a un nuevo colegio, comencé una nueva etapa. Una vida que no estaba hecha para mí. Yo ya tenía mi vida, junto a mi madre, y quería seguir teniéndola. Éramos ella y yo contra el mundo. felicidad-bienestar-ser-feliz-secretos-de-felicidad-ser-feliz-estar-bien-sentirse-bien-equilibrio-como-ser-feliz-claves-de-felicidadSabía que no podía tener todo lo que quisiera. Yo no era como cualquier niño que le podía pedir a sus papás cualquier capricho y se lo concedían, yo no era así, pero tampoco lo quería. Me valía con ver la sonrisa de mamá cada mañana y dormir como siempre con ella. Nos levantábamos temprano y salíamos a buscarnos la vida, yo me lo tomaba como un juego. Alguna noche recuerdo haberla oído llorar pero la mayor parte del tiempo sonreía y, lo que era más importante para mí entonces, me hacía reír. Todo había dado un vuelco a partir de aquel día.

Nunca le podré perdonar que me dejara sola en aquella estación con una maleta algo más pequeña que yo. Estación, por cierto, a la que jamás fui capaz de volver. Pensé que nos iríamos las dos de viaje, a algún sitio nuevo, a seguir luchando juntas, pero no fue así. Se marchó sola. Me abandonó. Ninguna carta, ninguna explicación, ninguna llamada para preguntar cómo estaba. Después de que mi madre se marchara, mi vida tomó otro rumbo. En el orfanato me dijeron que pronto conseguiría otra familia pero yo la única familia que quería era mi madre. Las niñas me decían cosas que no quería oír, hablaban mal de mi mamá pero al fin y al cabo, solo las tenía a ellas, y más pronto que tarde, se convirtieron en mis hermanas.

Cada día me acercaba a las cuidadoras y preguntaba por mamá, pero nunca nadie me dio una respuesta clara. Allí crecí entre rumores acerca de ella, “se fue para estar con otro hombre”, “no te quería”, “estaba enferma”, “no tenía dinero para mantenerte, entonces se marchó”, “es una prostituta”. Siempre hice caso omiso a lo que me habían contado porque sabía que ella me quería, pero cada vez que la mencionaban, me daba un vuelco el corazón. Fuera lo que fuera, sé que lo hizo por mí.

Un año más, al cumplir los 27 y estando acompañada en este día, volvía a sentirme sola. Por supuesto, había conseguido rehacer mi vida, había estudiado, tenía pareja y trabajo. Muchos regalos, muchas sonrisas en mi cumpleaños pero sentía un vacío en mi interior: yo no era feliz. Cada 25 de mayo me arrinconaba en mi dormitorio, me mujer_solasentaba en el suelo, a los pies de mi cama. Sabía que mis amigos estaban en el piso de abajo celebrando mi cumpleaños, bebiendo y comiendo a mi salud, pero yo necesitaba un rato para estar conmigo misma. Le daba al Play y escuchaba la que era nuestra canción favorita. Aquella que antes de irnos a dormir cantábamos las dos. Después vendría el beso, su sonrisa y sus buenas noches. Nunca podré olvidar aquellos momentos tan mágicos con mi madre. Cuando aprendí a escribir, escribí una carta que desde entonces llevo conmigo, esperando que algún día pueda dársela en persona para obtener respuestas.

Y allí me encontraba, en un inmenso vacío que sentía sin ella, esperando un regalo que jamás llegaría.