NY, quinta parte: Viaje a Brooklyn

Desde hace años tengo un sueño. Un sueño que me ha acompañado desde que me sentaba enfrente de la televisión y me ponía a ver Embrujadas con mi hermana, entonces en el ‘opening’ de la serie aparecía el Golden Gate (San Francisco). Ese puente anaranjado quedó plasmado en mi retina y desde entonces lo tengo metido en mi cabeza. Tengo que ir. Muchas personas me han prometido a lo largo de los años que vendrían conmigo pero, para no romper promesas es mejor hacer lo que hago yo, no prometer nada nunca. Ir a Nueva York era también un sueño, hacía años que me habían invitado a ir pero nunca había encontrado el ‘momento perfecto’, entonces me di cuenta de que si seguía esperando, este no llegaría nunca. El momento es hoy. El momento es ahora.

Pero no era del Golden Gate precisamente del puente del que quería hablar ya que me encontraba a muchos kilómetros de la costa oeste. Ese viaje sigue pendiente. Esta vez venía a hablar de otro de los cinco distritos que conforma Nueva York, el Brooklyn. Otro día amanecía soleado, habíamos tenido mucha suerte con el tiempo, cosa que aprecíabamos bastante, ya que las caminatas que nos estábamos pegando acompañadas de lluvia habría dificultado y enturbiado el viaje. Ese día desayunamos en el Starbuck antes de cruzar el puente. Aquí los camareros no fueron muy agradables, no recuerdo exactamente por qué pero esa es la sensación con la que me quedo (aparte de que dicen que tienen el mejor café pero no es de mis lugares favoritos).

El Brooklyn une Manhattan y Brooklyn en un precioso paseo con vistas a estos distritos que hacen imposible que andes unos metros sin hacerte unas fotos con estos paisajes. No sé qué tengo con los puentes pero se han convertido en mi atracción preferida. Como curiosidad, decir que este puente, en el momento de su inauguración era el puente colgante más grande del mundo y, además, fue el primero suspendido en cables de acero. Cuando pasamos María y yo por allí había un fotógrafo con una una pareja de novios haciéndose un reportaje. Precioso lugar el elegido para este álbum.dsc_0576

Una vez al otro lado nos dispusimos a recorrernos gran parte del distrito, aunque era demasiado grande. Apuntamos los sitios más emblemáticos y ¡ea, a andar! Lo que mejor sabíamos hacer. Además, nos daba tiempo a charlar y de hacer un viaje al pasado para ponernos al día de nuestras vidas y descubrirnos aún más. ‘Nunca se acuesta una sin saber algo nuevo’, le solté. Grandes confesiones mientras disfrutábamos de este lugar.

Un mercado ecológico donde olvidé al final comprar una sidra, otra gran biblioteca y, lo mejor, un parque inmenso (Prospect Park) donde las familias iban a hacer su picnic. Toda una estampa de película, los padres y las madres con sus bebés tirados en un gran manto; un padre jugando con su hijo que debía tener unos cuatro años (me recordaba mucho a Rian, se lo decía a María); otros jugando con sus perros; un par de muchachos charlando sobre la vida (imagino). Todo tan de película y tan real. Mi ciudad perfecta debe tener este espacio natural. Y todo en un perfecto día de (casi) verano.

Después, tras callejear y entrar en una tienda de cómic que nos defraudó, el hambre nos empezó a picar. Ese día nos decidimos por un indio (los precios nos llamaron, 12 dólares un buffet libre, visto lo visto, no nos parecía nada mal). Eso sí, te tiene que gustar el picante. Recuerdo como el camarero no se alejaba del todo y cada dos minutos venía con una jarra de agua. Cuando acabamos de comer decidimos entablar un poco de conversación con el camarero (¡quién nos mandaría!). Le preguntamos sobre zona de bares y, de repente, mi amiga y yo éramos el centro del bar, no es que hubiese muchas personas pero las que se encontraban en el indio, estaban más pendientes de nuestra conversación que de otra cosa. Al final, el joven de la mesa de al lado también nos hizo un listado de lugares, y otro hombre, que sabía decir ‘gracias’ y poco más en español se quiso sumar a la conversación. Eso sí, desde lejos. El camarero, que había ganado algunos puntos al principio por su amabilidad y simpatía lo perdió todo en un segundo, cuando volvió a abrir la boca para decir que “las mujeres no deberían beber ni fumar”.

Y es que, esto me ha llamado mucho la atención en Nueva York, también un día cuando fuimos a cenar con los tíos de María se extrañaban de que las mujeres siguiéramos bebiendo y el tío no.

Ya casi no sentía los pies después de seis días tan intensos de patearnos la ciudad, así que por fin decidí comprarme unos deportivos nuevos y me deshice de los antiguos que se caían ya a pedazos. Lo remarco, para viajar es muy importante el calzado, ya no me pasará más. 

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Se iba haciendo de noche pero no queríamos dejar de visitar Coney island, aunque fue un poco fracaso. En primer lugar, porque llegamos y el parque de atracciones estaba cerrado. Aquello debe estar muy bien cuando esté activo pero daba muy mala impresión verlo cerrado y sólo con algunas luces. Además, tampoco pudimos disfrutar del encanto de la playa. Playa, playa, con la arena que nosotras conocemos, fina y suave. Al menos nos acercamos, la tocamos y la sentimos.

Esa noche pedimos unos sandwiches (el mío de atún y, por supuesto, jalapeños, ¡qué descubrimiento!). No sé qué le pasaba ese día a los camareros pero este también quería unirse a nosotras aunque al final nos fuimos antes de tiempo. Esa noche quedará marcada para siempre en mi memoria puesto que me quedo con mi imagen preferida del viaje, sentadas en un banco, a la derecha el puente del Brooklyn, enfrente Manhattan y a la izquierda la Estatua de la libertad. Una vez más, las fotografías no hacen justicia de lo que estábamos viendo pero yo me quedo con esta imagen, la más bonita de todo el viaje, sin duda alguna.

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