Señales (III Parte)

(…)

Estuvimos un rato hablando sentadas en la acera. Había removido algo en mí. Después de haber hablado de nuestras vidas, se levantó y me ayudó a incorporarme. Le pregunté si necesitaba coger un taxi pero me dijo que se quedaba en un hostal muy cerca de allí por lo que no lo necesitaba. Yo me quedé un poco desconcertada, no quería decirle adiós, así que me atreví a preguntarle si nos volveríamos a ver. Ella me acarició mi rostro, me dio un dulce beso al cual correspondí con gusto y a continuación me dijo que al día siguiente cogía un vuelo para Austria ya que iba a empezar a trabajar allí. Por primera vez, ante una situación como ésta me quedé muy cortada, estaba acostumbrada a salirme con la mía, aunque a decir verdad, era la primera vez que me encontraba así con una mujer.

Estaba confusa. Confusa y cortada. Ella volvió a sonreírme. “No creo que yo sea lo que busques, después de hablar contigo y ponerme al día de tus aventuras y desventuras no creo que lo que necesites ahora es una relación y yo no soy de rollos de una noche. Esto ha pasado así pero no estaba planeado, te aseguro que no. Te deseo que te encuentres a ti pero que no busques a nadie, eres una mujer preciosa, no te precipites, si alguien tiene que venir vendrá. Y eso de que tenemos una media naranja…¡Bah! Allá cada uno. Quizás nuestro destino sea no estar con nadie y estar con todo el mundo. No tenemos por qué atarnos a una persona porque así lo conciba la sociedad”. En ese momento se dio media vuelta y se marchó. Mi corazón dio un brinco. ¿Qué me había pasado? ¿Amor a primera vista? ¿El alcohol lo había engrandecido todo? Sea lo que fuere aquella mujer me marcó y sus palabras se inculcaron en mi cerebro. Había sido una noche mágica.

“Espera, espera, espera, ¿me estás diciendo que ahora te gustan las mujeres?”. Me interrumpió Miriam cuando acabé de contarle aquella historia. “No es que tenga nada en contra de eso y lo sabes pero entiéndeme he conocido a todos tus ligues…o a muchos de ellos y la última vez que supe de ti estabas viviendo con Javier”. Miriam me hizo reír, di un trago al vaso de vino y le contesté.

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“No es que me gusten las mujeres, tampoco te voy a decir que me gustan las personas, suena un poco…No sé, extraño pero no. No me llama la atención las mujeres ni nunca he mirado a una mujer con otro propósito pero Amanda era especial. Me hubiese quedado horas hablando con ella y me quedé con ganas de volver a verla y para qué mentirnos, me gustó besarla. Me hizo sentir especial”.

Miriam me analizó con su mirada, por supuesto a ella le daba igual la orientación sexual de cada uno, era una persona muy respetuosa pero estaba intentando comprenderme. Cosa difícil, porque tampoco me entendía yo. “Si no se hubiese ido…”, comenzó a decir. “Y si, puto y si, ¿eh? Claro que lo he pensado en varias ocasiones desde que aquello ocurrió pero mira, ocurrió así, quizás es como tenía que ser”. “Tal vez ha sido el caprichoso destino quien la cruzó en tu camino para que te dieras cuenta de que no tienes por qué estar con alguien…Siempre te has empeñado en estar acompañada”, me dijo cogiéndome de la mano. “Fue un ángel que vino a avisarme, tienes razón”. Le di un sorbo a mi vaso y seguí ensimismada. Miriam me sacó de mi nube contándome sus batallitas por Inglaterra y yo la escuché con mucho interés pero después me quedé dubitativa. “¿Qué te ocurre ahora?” me soltó con un tono impaciente. “No te he contado todo”. “¡¿A qué esperas?!”

Después de aquella noche decidí que tenía que tomarme unas mini DSC07511vacaciones de mis vacaciones, es decir, tenía que salir de Madrid, liberarme y hacer cosas nuevas. Pensé en varios destinos pero al final me decidí por Cádiz, me habían hablado de que allí se veraneaba muy bien y sus playas eran increíbles. No me lo pensé dos veces, me compré un billete de tren para Cádiz y me marché. Me hospedé en un hotel con vistas a la playa, era un lugar magnífico, casi podría decir que era el paraíso si no estuviese rodeada por tanta gente.

Como cada día, bajé a la playa para tumbarme en mi toalla, tomar el sol y leer. Aquella mañana fue diferente, sentía que la gente me miraba más de la cuenta. Esa mañana me había hartado de desayunar en el hotel, había probado de todo, así que pensé que podría estar manchada pero entonces me percaté de la dirección a la que se dirigía la mirada de un apuesto joven, ¡mis pechos! En un primer momento me puse nerviosa y enseguida me puse el biquini en su correcta posición pero luego dirigí una mirada asesina a ese joven “¿nunca has visto una teta?”. El muchacho, que estaba de muy bien, todo hay que decirlo, vaciló en contestar pero a continuación sonrió y se acercó a mí. “Perdona si te he molestado, no era mi intención, ¿un mojito para compensar?”. Al principio arqueé las cejas y no estaba muy dispuesta a aceptar, lo primero que pensé es que estos gaditanos eran demasiado lanzados pero cuando me ofreció la mano con una gran sonrisa para levantarme tuve que devolverle la sonrisa y ceder.

DSC_0427 Nos dirigimos a un chiringuito muy próximo de allí. Nos sentamos en una mesa que estaba justo en la arena y pidió dos mojitos. “¿Aquí los de Cádiz invitáis a cualquiera?” “Los de Cádiz no lo sé, yo soy de Burgos”. ¡Mierda! ¿Cómo no lo había intuido por su forma de hablar? Me quedé callada unos segundos y él volvió a sonreírme “vosotras en Madrid aceptáis muy pronto un mojito de un desconocido ¿eh?” En realidad me hizo reír, tampoco me ofendió. El muchacho era mono, no había sido grosero y hacía mucho calor por lo que un cóctel y compañía no me vendría mal. Estuvimos hablando un rato y yo le conté que había venido a Cádiz para despejarme las ideas, necesitaba descansar, desconectar y encontrarme a mí misma. “No empiezas bien si aceptas tomar algo con un desconocido”. “Bueno, no sé cómo interpretáis las cosas en Burgos pero yo sólo he aceptado una copa que tú vas a pagar y un poco de conversación, estoy sola y no quiero volverme loca”.

El sol se puso y nosotros seguíamos allí sentados. Al parecer sus colegas tampoco le habían echado mucho de menos. Cuando vi que se estaba haciendo tarde le dije que me tenía que marchar, él insistió en que me quedara más tiempo pero le dije que ya volvía a necesitar estar sola, que era el objetivo de mi viaje. Él me miró sin terminar de creérselo pero me dejó el paso libre. “¿Nos volveremos a ver?”, me preguntó. Aquello me recordó a Amanda. Miré hacia abajo, aquella noche hubiese dado cualquier cosa por haber recibido una respuesta afirmativa pero no sucedió. El muchacho me miraba buscando una respuesta, entonces le respondí “Si el destino quiere, quizás”. Tras aquellas palabras me marché, en realidad puedo sonar súper “cool” habiendo dicho eso y después, mucho después, me sentí orgullosa de mi respuesta pero a los tres segundos de pronunciarlas ya me había arrepentido. Oh dios, el burgalés estaba como un queso, ¿qué más daba? Ya podría dejar mi desconexión para el día siguiente o yo qué sé. Estaba en un hotel sola pudiendo estar acompañada.

Cuando llegué al hotel me puse a ver la tele mientras cenaba. Pensaba mucho en el de Burgos pero quizás, bueno, no quizás, seguro que era por el morbo que daba conocer a alguien y llevarlo a tu hotel. Muchas películas lo sé. Al final, no se estaba tan mal sola en el hotel.

“¿Ahí quedó la cosa?”, me preguntó Miriam. “Sí, al día siguiente bajé a la playa por otro lado y ya no volví a encontrármelo”. Así cerramos nuestra conversación y la noche.

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