Señales (II Parte)

Tres meses más tarde

Aquella mañana no tenía nada que hacer así que seguí con mi plan de hacer deporte, me puse ropa cómoda y me fui a correr. El verano estaba a punto de acabar y mi mes de vacaciones también. Tenía dos días para concienciarme de que volvía a las andadas y tenía que llevar nuevas ideas a la empresa. Yo trabajaba para una gran empresa de publicidad, era la mente creativa. Me encargaba de aportar ideas para el diseño de carteles, en vallas publicitarias y en diversos sitios. También me gustaba mucho hacer el diseño, por lo que no me quedaba únicamente con la idea. Aquello que tenía en mi mente lo materializaba en un papel o en el ordenador. Mi equipo estaba muy contento conmigo, también yo con ellos.

Los días ya no eran tan calurosos como antes, aquello empezaba a mosquearme. Nunca me gustó el cambio de estaciones aunque el otoño no me disgustaba. Era el tiempo idóneo para estar en casa, sentada en el sofá, tomando algo calentito y ver alguna americanada de las mías. Y bueno, hacía ya tres meses que me había mudado, no conseguí quedarme con mi terraza. Alquilé un piso por el centro de Madrid, tampoco estaba muy mal, una cocina un poco pequeña pero tampoco me importaba demasiado. No me gustaba cocinar y tampoco pasaría mucho tiempo en ella. Era más de calentar cosas y comer sobre la marcha, incluso de pie o trabajando.

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Al acabar de hacer ejercicio volví a mi piso y me duché. Mientras estaba secándome el pelo recibí una llamada de mi amiga Miriam, hacía mucho que no nos veíamos y había venido de visita a Madrid. Me dijo que si nos podíamos ver esa misma noche y por supuesto le respondí que sí. Miriam era una muy buena amiga de la universidad que se había ido a trabajar a Londres, así que ya no estábamos tan en contacto como antes. Además, yo odiaba las tecnologías. Bueno, no es que las odiase, para mi trabajo, me encantaba y disfrutaba diseñando pero para mi vida cotidiana prefería prescindir de ellas. Yo era una persona que disfrutaba más del día a día y de disfrutar de un face to face, una vez acabado el trabajo pasaba de ordenadores.

Cuando nos vimos en el bar Toronto nos abrazamos fuertemente, nos dio mucha alegría vernos después de tanto tiempo. Me echó la típica bronca de por qué no contestaba a losIMG_20151003_203623 mensajes por las redes sociales o por qué no la llamaba con más frecuencia. La última vez que la llamé fue para recordarle que tenía mi libro preferido, lo cuidara y no me lo perdiera y de aquello hacía ya más de cuatro meses. “Es increíble que a pesar de que pases de mantener el contacto por Internet sigamos como siempre, como si el tiempo no pasase entre nosotras. Pero de verdad, podrías dejar algún mensaje de vez en cuando, te aseguro que no duele”. Yo le sonreí mientras comía unos nachos que había pedido ella. Estaba esperando a que llegara el momento. Sí, ese momento en el que tus amigas te preguntan por tu vida amorosa y recuerdas que no le has contado nada y tendrás que empezar desde el principio. Para qué mentirnos, me gustaba ese momento, tendríamos para rato pero prefería hacerlo ahora, cara a cara, en lugar de a través del teléfono y perderme sus caras, sus gestos…Se pierde mucho cuando se cuentan cosas importantes, bueno rectifico, “interesantes o curiosas” a través de las redes sociales. Esa magia de contarlo sentadas tomando algo no tiene precio, además, Miriam era una persona muy expresiva y seguro que no se quedaría indiferente.

Dos meses antes

Hacía mucho que no salía de fiesta, mis amigas Elena y Nuria me enredaron para después de cenar ir a un pub a seguir bailando y disfrutando. Hacía un mes que había dejado a Javier y al parecer, para ellas, era mucho tiempo sin estar con un tío. Nos habíamos tomado unas copas de más y lo dimos todo en la pista, incluso llegamos a subirnos en la barra frente a muchas miradas de hombres golosos deseosos de pasar una 10401387_10206133553124130_6763785169846431805_nnoche con una de nosotras o con cualquiera que le devolviese una palabra o sonrisa. A pesar de estar ebria sabía que no quería acabar en la cama de ninguno de esos babosos, aquella no era mi intención aunque sí la de mis amigas. Después de un par de horas les perdí la pista, tampoco me sorprendió demasiado. Las conocía, decían que iban de fiesta por mí pero las más fiesteras eran ellas. Ellas no necesitaban que les tocaran las palmas para que se tomaran unas bebidas más. 

Ya empezaba a estar agotada y viendo que me tendría que pedir un taxi decidí salir del recinto para pillar uno. Iba un poco dando tumbos, los tacones tampoco ayudaban demasiado, yo nunca había sido de llevar tacones. Cuando estaba en la puerta, un joven con apariencia chulesca se acercó a mí y me acribilló a preguntas. Si esa era su arma de seducción la llevaba clara conmigo. Sólo empezar ya iba por mal camino, tan sólo quería apagar una urgente necesidad que saltaba a la vista con tan solo mirarle la entrepierna. Él también iba muy borracho pero no me gustó que se acercara a mí y empezara a manusearme. Yo me quejaba pero apenas me lo podía quitar de encima. De repente, una voz apagó sus ansias de desearme en aquel momento, “deja a mi chica”, escuché decir a una dulce voz. Aquello no pareció gustarle al machote cuando se dio cuenta de que una muchacha se acercaba a nosotros con paso ligero. Era alta, morena y muy guapa. Se puso justo a mi lado, me cogió del hombro y me plantó un beso en los morros. Yo me quedé perpleja y ella continuó hablando “no me gustan demasiado los tríos, puedes marcharte, nosotras nos vamos a casa”. “Lesbianas asquerosas deberíais estar presas”, espetó el grandullón xenófobo. En ese momento ella me giró y nos dispusimos a caminar, yo aún no había podido decir nada. Cuando ya conseguimos perderlo de vista paramos y ella se presentó. “Mi nombre es Amanda”. A continuación me ofreció un cigarrillo, el cual acepté con agrado. Comenzamos a conversar y me pareció una mujer muy linda. Debía tener unos años más que yo, quizás treinta. “Gracias por sacarme de allí, yo me lo hubiese quitado de encima, creo que tampoco hubiese sido difícil, iba muy puesto, aun así, creo que has sido muy elegante”. Ella me sonrió, “no sé si elegante es la palabra pero bueno, tampoco sabía si me apartarías de un empujón, no suelo ir besando a cualquiera, créeme”. Yo le devolví la sonrisa.

(…)

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