Señales (I Parte)

Un muro entre nosotros, cerca pero no lo suficiente. Años de amistad, de conexión, de risas y de comprensión, pero en esta noche fría nada era igual. Quizás un cigarro y tomar el aire no me vendría mal, tal vez demasiados pensamientos insanos, quizás altas expectativas para una relación que solo podía ser de dos. Hacía tiempo que había dejado de ser yo cuando estaba con él, yo ya no era feliz después de estos años. No era capaz de levantarme por la mañana, mirarle con mi peculiar sonrisa y ojos brillantes como lo hacía antes. En cambio, yo sí veía todo eso en él. Me empezaba a hacer daño su sonrisa, sus caricias, sus amagos por recuperarme, su felicidad. ¿Cómo podía hacerme daño la felicidad de la persona por la que había apostado? ¿Cómo habíamos llegado a este punto?

Hacía tres años que decidí embarcarme en esta aventura. La aventura de comenzar a vivir con él. Nos queríamos, nos cuidábamos, nos admirábamos, nos deseábamos ¿por qué no iba a ser nuestro momento? Nos tiramos a la piscina los dos, lo dimos todo, nunca pensé que podría estar con alguien como había estado con él pero lo que siempre supe, de verdad, es que no creía en los “para siempre”. Demasiado peliculero todo, era una enganchada de las películas románticas pero a decir verdad, yo no era nada romántica. Lo dulce que podría parecer compartir una magdalena en medio de una gran cocina con tu pareja dentro de la caja tonta me parecía lo más, sin embargo, cuando volvía a la realidad, esa magdalena me la comía yo y me molestaba si me la quitaban. No sé qué tienen estas películas americanas pero tratando de comprender el mundo me di cuenta de que el mundo no era el problema. El problema era yo.

cerca-arriba-ay-mano-tenencia-cigarrillo-cartel-impresion-175401-MLM20334785608_072015-OEl cigarro me ayudó a despejar mi mente. ¿Cuántas parejas había tenido antes de ésta? ¿Diez? Bueno, quizás aquella noche con Rubén no cuenta, fue algo demasiado rápido. Intenso, pero rápido. Nunca había cuajado nada. Quizás dos semanas, tres meses, un año… o como esta última, tres años. Así habían sido mis relaciones. Me aburría, ¿enamorarme? Pensé que me había enamorado de Javier, del último, suena un poco frío llamarlo así teniendo en cuenta que seguíamos viviendo juntos y me tocaba, una vez más, romper una relación. Pensé que era diferente pero no tan diferente, como Hugh Grant en Nottin Hill o Leonardo Dicaprio en Titanic. Ellos me tenían enamorada pero seguro que si los tuviera delante, desaparecería lo idílico, desaparecería la magia que les envuelve cada vez que vuelvo a ver las pelis y escucho las bandas sonoras. Me siguen poniendo los vellos de punta aunque las haya visto mil veces. Aunque en Nottin Hill no estoy segura de si estaba más enamorada de él o de Julia Robert. Me parecía tan perfecta, delicada y perfecta otra vez. No me había replanteado nunca, hasta ahora, que ese podría ser el problema, ¿me aburrían los hombres? Me recorre un escalofrío al pensarlo. Hugo, Álex, Adri, Leo…Recuerdo aquellas noches y creo que no puede ser ese el problema. Pero algo estaba claro. Tenía un problema si no podía estar con nadie. Al menos, así pensaba entonces.

Empeñarse en conocer a alguien quizás tampoco era la solución. Además, ¡joder! Aún no había dejado a Javier cuando ya estaba pensando en conocer a otra persona. Las prisas nunca fueron buenas y parecía que no me quería dar cuenta. ¿Por qué no probaba a estar sola? Siempre me había considerado muy independiente pero, al mismo tiempo, siempre había estado atada a alguien. Quizás tampoco atada atada, pues siempre mis planes iban por delante de todo. Luego él. Pero hablando fríamente, siempre había alguien con quien volver a la cama y dormir destapada.

Me encantaba aquella terraza. Me había enamorado de la casa que habíamos alquilado los dos. Me encantaría quedármela pero claro, si era yo la que estaba poniendo tierra de por medio, era yo la que se tenía que marchar. Volví al dormitorio después de haber apagado el cigarro en el cenicero que siempre tenía preparado en la mesa de la terraza. Él comenzaba a despertarse, a desperezarse. Yo no temblaba. No estaba nerviosa. Tenía claro lo que iba a decir, la frialdad de Laura saldría a relucir en unos minutos. Entreabrió los ojos mirándome confuso, como cualquier persona recién despertada cuando una persona le mira fríamente desde el otro lado. Pero era eso, justamente eso, “el otro lado”. Había dos bandos. No abrí la boca cuando ya noté el miedo en sus ojos. “No…¿en serio? ¿Hasta aquí?”. Me di la vuelta y no porque me intimidara, sino porque no quería ser demasiado tajante. Tampoco pretendía hacerle daño. Cogí otro cigarro y me apoyé en la barandilla de la terraza. Hacía un día precioso, el cielo estaba azul y no había ni una sola nube sobre la ciudad. Podría ser un día perfecto.

Noté cómo se aproximaba a mí e incluso pude adivinar lo que estaba a punto de hacer.sabanas Casi podía verlo (y yo estaba de espaldas a él). Vaciló unos segundos en tocarme la espalda o el brazo, pero a continuación posó sus labios en mi cuello. Aquello me estremeció. ¿Cómo no? “¿Sabes que hemos terminado verdad?”, dije firmemente. “No hace falta que me digas lo que a los demás, que no es por mí, que eres tú…Te conozco”. Decía mientras seguía próximo a mí, oliéndome y sintiéndome, dejando espacio entre las palabras bien cuidadas y haciendo que me pareciese muy sensual su presencia, sus movimientos. “Entonces no prolongues el dolor ni esperes ninguna palabra de consuelo”. Después de unos segundos me besó la nuca, me acarició los brazos suavemente y empezó a quitarme el camisón suavemente. Me dejé llevar, permití que tomara la iniciativa. Con leves movimientos hizo que me girara, me buscaba la mirada mientras me besaba por todas partes, en cambio, yo me limité a cerrar los ojos, me concentré en no pensar, en disfrutar del momento. Me besó los labios y fue bajando tomándose todo el tiempo del mundo, entonces, cuando llegó a mis pechos, me quitó el sujetador salvajemente, me cogió en brazos y con una sonrisa maliciosa me llevó a la cama. ¡Oh! Cuánto me encantaban esos cambios cada vez que lo hacíamos. Sin lugar a dudas, es lo que más extrañaría. Hacerlo con él.

(…)

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