Antítesis de mí (I Parte)

Existen decisiones que has de tomar de manera instantánea. Nada de pensarlo dos veces. Aceptar lo que se nos presenta. Tomar las riendas de tu vida y decidir que eso es exactamente lo que quieres hacer en ese preciso momento. Ver la oportunidad que se nos ofrece y tomarla. Sin embargo, existen otras decisiones que has de pensar más detenidamente pues, tomar esa opción y no otra, puede llevar a que tu vida cambie por completo y no puedas dar marcha atrás. Pero, ¿dónde está el equilibrio? ¿Cómo saber si esa opción que se nos presenta es la que has de tomar? A veces pienso que debería existir un ser ahí arriba para decirte lo que está bien y lo que no. Para que te diga qué decisión es mejor pensarla dos o tres veces y cuál aceptarla de inmediato. A veces pienso que no soy feliz y eso me entristece.

Eran las once de la mañana de un sábado. Yo me acababa de levantar y me dirigí directamente al cuarto de baño a despejarme. Me miré al espejo y no me vi con muy buena cara. Me sequé con la toalla y pasé por nuestro dormitorio. Mi marido seguía en la cama. Bajé las escaleras y reparé en todas las botellas de vino que había encima de la mesa. Empecé a recoger todo mientras me tocaba la cabeza. Me dolía. Tenía resaca. Sería mejor que me tomara una pastilla, así que eso hice. Apenas recordaba la noche anterior. El vino había nublado parte de mis recuerdos.

copasLa noche pasada habíamos hecho una pequeña fiesta con algunos de nuestros amigos. Celebrábamos que una de nuestras amigas había conseguido un puesto de directiva en una de las empresas más importantes de publicidad, así que Pedro y yo invitamos a todos a nuestra casa. Hacía tiempo que no organizábamos algo así. Aún éramos jóvenes, yo tenía 35 años y él 37. Hacía ya cinco años de nuestra boda y nuestra vida se había vuelto muy hogareña. También influye que hacía tres años me había quedado embarazada y teníamos una responsabilidad más en casa. La noche de la fiesta dejamos a Sofía con mi hermana así podría jugar con sus primos y dejarnos un poco de privacidad a los mayores.

Dejé de recoger y empecé a preparar el desayuno. cafeUnos minutos después Pedro bajó las escaleras. Por su cara intuí que también le dolía la cabeza así que le acerqué la caja de aspirinas y él me lo agradeció. Cuando el café se terminó de hacer empezamos a desayunar. Comentamos la noche y nos reímos recordando algunas conversaciones. Hacía tiempo que no lo pasábamos tan bien juntos. A decir verdad, hacía mucho que no nos reuníamos todos. Cuando acabamos de desayunar le dije que yo iría a buscar a Sofía y él me dijo que se encargaría de terminar de recoger y limpiar la casa. Le di un beso y subí al dormitorio a vestirme.

Un rato después salí y me monté en mi coche. Solté mi bolso en el asiento del copiloto y abrí la guantera, donde tenía mis gafas de sol. Allí vi un sobre cerrado, el cual reconocí de inmediato. Mi vista se fijó en el sello procedente del extranjero y me quedé pensando. Palabras de mi antiguo jefe aparecieron por mi cabeza.“Ana, coge este billete, tómalo y márchate. Lo harás realmente bien. Javier lo ha aceptado y está esperando a que digas que sí. Ambos formáis una pareja profesional perfecta. Siempre quisiste marcharte de aquí. No sé qué te tienes que pensar. Además, aquí ya no hay hueco para nadie.” El recuerdo se desvaneció al instante. Cerré la guantera e inmediatamente cogí mi bolso y saqué un paquete de tabaco. Estaba prácticamente entero. Cogí un cigarro y empecé a fumar. Hacía tiempo que no lo hacía. Pero me hacía sentir bastante bien. Me relajaba. A Pedro no le gustaba que fumase. Él no fumaba y odiaba el tabaco. Lo cierto es que se preocupaba mucho por mí. Yo era una persona asmática, aunque hacía ya años que no me daba ningún ataque. Cuando acabé, lo apagué y lo tiré en el cenicero. Me puse las gafas de sol, arranqué el coche y por fin salí de mi calle.

En unos minutos ya me encontraba en casa de mi hermana. Sofía se tiró corriendo a mis brazos. Ella era muy cariñosa y le costaba mucho trabajo despedirse de mí. No es que fuese una niña consentida pero no le gustaba que estuviéramos separadas más de un día. Yo la cogí en brazos y le di muchos besos, como de costumbre. Entonces cuando ya se aseguró de que venía a recogerla me pidió que estuviéramos allí un ratito más, ya que quería seguir jugando con sus primos. Yo asentí y entonces mi hermana me preguntó por la fiesta. Le dije lo poco que recordaba y ella se rió. De repente, sin venir a cuento, me acordé de los sobres que había visto en el coche y me quedé pensativa. Ella, como mi hermana que era, enseguida se dio cuenta de que en realidad no estaba en la cocina de su casa. Mi mente se había dirigido hacia algún lugar lejano. Me tocó el hombro y me preguntó ¿cómo lo llevas? Yo negué con la cabeza. No tenía ganas de hablar de temas trascendentales y menos, si tenían relación con el trabajo. Mi hermana sabía que yo no era feliz del todo. Algo me faltaba. Tenía a Pedro, tenía a Sofía y mi hermana, por casualidades de la vida, terminó viviendo cerca de mi casa con su familia, lo cual agradecía bastante.

Vivíamos en una ciudad de 50.000 habitantes. Era un lugar pequeño donde yo no tenía muchas oportunidades para trabajar de lo mío pero Pedro había montado un restaurante con uno de sus mejores amigos y yo decidí probar suerte e irme a vivir con él. Yo trabajaba también allí, me encargaba de llevar las cuentas del restaurante. Un trabajo que se alejaba bastante de mis perspectivas laborales pero que me había ayudado a conciliar la vida que llevaba. Pedro se levantaba a las seis de la mañana, yo empezaba algo más tarde, así que yo me encargaba de llevar a la niña al colegio. Cuando yo acababa mi jornada, a las cuatro y media, recogía a Sofía y nos íbamos a casa. Ella solía comer en el comedor.

De repente noté que mi hermana me tiraba del brazo. Me había abstraído por unos minutos. Me miró preocupada pero le dije que estaba bien. Nos sentamos y me ofreció un café. Yo acepté, tampoco tenía muchas ganas de marcharme, quizás estar un rato con mi hermana no me vendría mal. Hablamos de los niños y a ella se le ocurrió que podríamos hacer un viaje juntos. Aquello me pareció una idea estupenda. Adoraba viajar.

(…)

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