La Galería (I Parte)

Una vez más me encontraba en la galería fotográfica de mi ciudad, un lugar que me hace pensar y, sobre todo, me inspira a pintar. Un magnífico hobby que me acompaña desde que era niña. Ahora tengo 23 años. Trato de pintar las grandes fotografías que envuelven aquellas salas. Algunas de grandes fotógrafos que tratan de vender sus fotografías, otras solo están para que el público pueda admirarlas y así dar a conocer sus nombres. La Galería cuenta con cuatro salas, no muy grandes, tampoco demasiado pequeñas. Sus dimensiones son perfectas. Algunos de mis dibujos parecen más reales que otros pero para ello voy cada día, para seguir practicando y conseguir la perfección.

Por Mj Reyes

Dibujo realizado por  Mj Reyes

Mi hora preferida era por la mañana temprano, recién abierto, o las 19.30. Aquel lugar nunca estaba vacío pero me gustaba que no hubiese muchas personas para no distraerme demasiado. Además, suelen dejar que me quede hasta el cierre, incluso a veces, una vez cerrado, dejan que me quede un rato más mientras algunos hacen sus compras y hacen todo el papeleo. Yo aprovecho al máximo mi estancia allí. Hay quienes no entienden que pueda pasarme horas en la Galería, pero para mí, es mi tiempo de ocio.

Aunque parezca que esta historia va de mí yo no soy la protagonista. Yo solo soy una pequeña observadora que, tras llevarme años yendo a aquel lugar, tenía un listado en la cabeza de las personas que iban allí. Hacía un perfil sociológico de ellos, los que iban a comprar por simple “postureo” y los que de verdad apreciaban aquellas fotografías. Había quienes solo iban a mirar y los que iban por obligación. La mayoría vestía con chaqueta. Aunque no quisiera prestar atención a estas cosas, la curiosidad siempre ha sido mi más fiel compañera y a veces tenía que levantar la cabeza y mirar a mi alrededor.

Miraba la hora, miraba hacia la puerta y sabía quién iba a entrar por ella. Conocía a las personas y conocía las fotografías. Siempre estaba atenta a la que venía de nuevas.

Fue un señor muy bien vestido quien me llamó la atención tras aparecer cada lunes, a la misma hora por la mañana, cuando no había prácticamente nadie allí. Siempre se colocaba frente a la misma fotografía. Tenía demasiada barba para mi gusto y le podía echar perfectamente unos 60 años. Al principio solo era un hombre más, uno como otra PUENTEcualquiera. Eso sí, muy bien enchaquetado. Yo no presté atención a qué foto estaba mirando, entonces estaba yo terminando de pintar una fotografía de paisaje, un puente colgaba en medio de una selva. Me daba sensación de libertad, no quería mirar otra cosa hasta que acabara este cuadro.

Un día coincidimos los dos solos, él no me miraba, no me hablaba, otros solían acercarse a mirar mis dibujos y entablábamos una pequeña conversación. Yo no existía para él. Aquel día, tras pasarse dos horas delante de la fotografía se dispuso a marcharse pero un pañuelo bordado se le cayó del bolsillo. Me levanté y salí corriendo para dárselo. Fue la primera vez que nos miramos a los ojos. Tenía unos preciosos ojosojos azuls azules aunque eran muy pequeños. También tenía muchos pliegues en su piel y manchas. Cuando alargué la mano para dárselo me dijo “gracias”, a secas. Percibí que ese color azul de sus ojos se había intensificado porque probablemente había estado llorando. Se marchó sin más, ninguna sonrisa, ninguna palabra agradable hacia mí. Nada. Fueron solo unos segundos pero ese hombre me transmitió una profunda pena y a la vez me produjo mucha ternura.

Me quedé unos segundos de pie frente de la puerta de salida. Entonces, antes de volver a mi sitio me giré hacia la fotografía que aquel hombre había estado mirando. La fotografía era de una bella mujer en blanco y negro. Las ondulaciones de su pelo le quitaban años, aunque la expresión facial me decía que debía tener unos 40 años. Su sonrisa era maravillosa. En la fotografía estaba con un perro, un San Bernardo enorme precioso. Se trataba de una composición perfecta. Pasé la mano por encima de la fotografía y casi podía sentirla. Parecía real. Me transmitió mucho amor. En ese momento supe que sería la siguiente fotografía que pintaría.

Los días fueron pasando y este hecho se repetía cada día. Yo solo miraba de reojo, miraba el reloj y seguía dibujando. En más de una ocasión quise acercarme y preguntarle quién era la mujer de la foto pero sentía que podía invadir su intimidad. Aquel hombre me daba respeto.

Un viernes, al salir de la galería, iba yo pensando si llamar a mis amigas para tomar algo. Cuando me dispuse a llamar vi en la acera de enfrente un revuelo de gente. Escuché muchos gritos. Había varios adolescentes rodeando a alguien. Mi curiosidad me llevó hasta allí y cuando me vieron llegar, todos salieron corriendo entre risas. Había un mendigo tirado en la acera, tapado con cartones y trapos. Sangraba. Al lado, un perro, un San Bernardo chupándole las heridas. Me agaché para preguntarle si se encontraba bien y entonces reconocí aquellos ojos azules. Sus ojos también me reconocieron. Mi corazón dio un vuelco y enseguida le cogí la mano. Era el hombre bien vestido de la galería quien se hallaba tirado en el suelo con ropa rota y sucia. Llamé a la policía y la ambulancia también apareció pronto. No sabía nada de aquella persona pero sentí que teníamos un vínculo especial. Quise acompañarlo al hospital pero como no teníamos ninguna relación de parentesco no me dejaron ir. La policía se llevó al perro.

(…)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s