El segundo más intenso de mi vida

Mucho tiempo había pasado de aquello pero solo un segundo me valió para darme cuenta de que ya no formaba parte de mi vida.IMG-20140923-WA0024

Dicen que el tiempo lo cura todo y yo estaba convencida de ello. Mi vida había tomado un rumbo totalmente diferente. Una nueva vida, nueva casa, nuevo trabajo, mi perro me acompañaba y mis amigos también lo hacían, ¿qué más podía pedir? Tampoco le echaba de menos a él. Eso le decía a los demás. Hacía años que había desaparecido de mi vida sin razón alguna y, desde entonces, mi vida había cambiado, o quizás yo había cambiado. Me sumergí en mis estudios, en acabar mi carrera, en conseguir trabajo y, después de tanto luchar, mis esfuerzos se vieron recompensados.

Mi vida amorosa era un laberinto y yo no podía encontrar la salida. Aunque, a decir verdad, tampoco la entrada. Desde que él se fue, el amor había dejado de existir para mí. Esa parte de mi vida ya no tenía sentido, aunque bien me empeñaba en ocultarlo. Ya tenía otras prioridades. O, al menos, eso parecía delante de la gente cuando salía. Mis amigos querían que conociera a otroIMG-20140824-WA0001s chicos, ligara y me entregara a otras personas pero yo no me encontraba con fuerzas. Cuando volvía a casa y me esperaba mi fría cama vacía, toda mi vida daba un vuelco. Miraba por la ventana y casualmente siempre había alguna pareja dándose muestras de su amor. Yo cerraba la persiana y me acostaba, cubriéndome hasta arriba y aferrándome con fuerzas a mis sábanas. Los recuerdos invadían mi cabeza, al igual que cada noche. Imaginaba que él vendría en cualquier momento y me abrazaría como tantas veces años atrás había hecho. La nostalgia se apoderaba de mi corazón y yo me estremecía. Alguna lágrima caía por mi mejilla. Pero este era mi secreto. Cuando me despertaba, cada mañana abría la persiana hasta arriba. Dejaba entrar toda la luz posible y una sonrisa aparecía por mi cara. Esta era la mujer que era ahora o la que pretendía ser. La que caía por las noches y se levantaba por las mañanas. Eso sí, siempre esperaba un rato antes de prepararme el café ya que era lo que él solía hacer. Pero viendo que el café no se hacía solo, ya me encargaba yo.

Así día tras día, me levantaba a las siete de la mañana, me duchaba, sacaba a mi perro, desayunaba y me marchaba al trabajo. Allí desconectaba. Me gustaba mi trabajo. Me gustaba mi ambiente. Siempre había sido una persona extrovertida, a la que le gustaba estar acompañada. Cuando volvía a casa me preparaba la comida. Cualquier cosa rápida ya que llegaba tarde de trabajar y después DSC_0268me sentaba en el sofá viendo alguna que otra novela para matar el tiempo. Al lado de la televisión había un “Tres en raya”, lo que me llevaba a recordar aquellos años cuando jugábamos y reíamos los dos. Yo siempre ganaba. Después de ver la televisión me ponía a mirar nuestras fotos, eran muchas, ya que yo siempre iba con mi cámara en mano tratando de retratar cada momento.

Una día como otro cualquiera salí a pasear a mi perro. Hacía un día radiante y me apetecía andar. Me crucé con mi vecina, quien me saludó amablemente como siempre y luego me saludó el jardinero. Se notaba que era primavera. Todos estaban de un humor diferente. Me puse mis cascos y le di al “play”. Música relajante. Siempre me había gustado ir paseando por la calle mientras escuchaba música. Anduve dos manzanas cuando me tuve que cruzar con él. El tiempo se paralizó. Hacía años que no le veía. Su cabello rizado despeinado, su piel morena, el olor a su colonia, su lunar en el lado derecho de la cara, muy pegado a su boca. Su perfecta cara. Iba con una de mis camisas favoritas, con la mitad por dentro y la otra mitad por fuera. El botón de arriba no lo teníaDSC_0374 atado. ¡Qué extraño! Pensé irónicamente. Tampoco el último por abajo. También llevaba uno de sus pantalones vaqueros desgastados. Le encantaban. No podía ser otro. Tantos años y seguía igual. En ese momento muchos pensamientos pasaron por mi cabeza y el ¿y si? no paraba de resonar en  mi mente. Como si el sol se hubiese escondido, como si hubiesen aparecido muchas nubes de la nada y hubiese comenzado a llover estruendosamente. La tormenta estaba en mi cabeza. Parecía como si estuviera montada en una noria que daba vueltas sin parar. Aquello no tenía fin. Yo me quería bajar pero algo no me lo permitía. ¿Qué me retenía? Yo llevaba mis zapatillas de deporte, tan solo tenía que pisar fuerte, tirar de mi perro y marcharme. O quizás mi perro debía tirar de mí. Yo no quería mirarle a los ojos, no quería que malinterpretara lo que ya no había o lo que yo no quería que hubiese. No había subtítulos que leer pero yo no era capaz de mirarle a los ojos. Quizás solo durante un segundo, pero no más. Entonces las imágenes de él esperándome en el sofá cuando yo llegaba de trabajar se asomaron por mis recuerdos. Me sonreía como cada día, me llamaba y me sentaba en sus rodillas. Le contaba cómo me había ido y si estaba estresada él me desestresaba. Jugábamos a juegos de mesa y la comunicación siempre estaba presente entre nosotros. Risas y más risas. A él le gustaba jugar con mi pelo. A mí me gustaba que jugase con él. Su sonrisa me ayudaba a ser alguien mejor, a ver el vaso medio lleno y a sonreírle a la vida cada día. Quizás él podía pensar que yo había rehecho mi vida, que estaba con mi príncipe azul o ¿qué estoy diciendo? Quizás tampoco le importaba demasiado. Unas lágrimas cayeron por mi rostro pero pronto me las sequé. No lo había superado pero no sería yo quien se lo dijese. Ya no. Nunca más. Sus oscuros ojos yacían inertes, no me decían nada. Estaban vacíos. Ya no eran aquellos ojos profundos, penetrantes, que hacían que hiciéramos el amor con la mirada, que las mariposas no dejaran de bailar en mi estómago o que todo mi cuerpo estuviese en una constante vibración. Nuestros brazos se rozaron mientras el resto del mundo seguía congelado. Nosotros éramos el foco, el resto estaba desenfocado, el reloj no hacía tic tac, las personas no se movían. Al tocarnos sentí como un calambre y, entonces me di cuenta de que este momento tenía que haber sucedido bastante tiempo antes.

Sin mirarle seguí hacia delante. No fueron más de cinco seguDSC_0392ndos. Yo no me había parado. Él no se había parado. Yo me negué a mirar hacia atrás y volver a hacerme pequeña. Tampoco sé si él lo hizo pero lo cierto es que ya no me importaba. Justo después sonreí y la sonrisa se convirtió en una carcajada. Por fin me sentí libre. Era lo único que necesitaba. Solo un segundo. El segundo más intenso de toda mi vida.

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