Las noches: los días más largos

Ella era única, tenía tan solo cinco años. Risueña, alegre, toda llena de energía. Pura alegría. Muy guapa, inquieta y curiosa. En realidad esta descripción puede hacerla cualquier persona que tenga una hija, pero yo, como madre, no podía ser menos. Estaba enamorada de mi pequeña y, todo lo que puedo decir, es poco. No le otorgué la bendición de tener un hermano. Una auténtica pena pero no pudo ser.

Cada día la recogía de su colegio, aquel lugar que tanto le gustaba pero, la sonrisa que se le ponía en la cara cada vez que me veía llegar, no tenía precio. A mí se me iluminaba la cara cada vez que la veía aproximarse. Me cogía de la mano, me miraba con los ojos como platos y me contaba las cosas que había hecho ese día. Después, cuando se le acababan las pilas, comenzaba a canturrear. Era la niña más feliz que había conocido. Su melena al viento, su lazo en la cabeza, sus pequitas. Era una niña muy dulce. Era mi niña, mi pequeña.

Todos los fines de semana nos íbamos los tres, su padre, ella y yo a pasar el día en el parque. Aquello le encantaba. Aproximarse al estanque, buscar los patos y darles de comer, le hacía muy feliz. ¡Mira mamá! Solía gritar. Quería que yo alimentara a los21075_1326330884651_2164445_n animales. Luego salía corriendo en búsqueda de su padre. La tranquilidad no era algo que la caracterizase. Después solíamos montarnos en el coche y visitar diferentes lugares. Conocer ciudades le encantaba. Disfrutaba muchísimo y siempre estaba preguntando acerca de todo.

Al llegar la noche, como siempre, solía arroparla y contarle un cuento mientras se quedaba dormida. A veces lo hacía su padre, pero la última en visitar su dormitorio era yo. Los besos de buenas noches no podían faltar. Ella solía abrir los ojos y darme las gracias. Seguidamente se quedaba dormida.

Los días claros desaparecieron. Las nanas ya no era yo quién las cantaba. Todo pasó muy repentinamente, pero el tiempo se paró, aunque no para todos.

Desde entonces, cada noche fui a visitarla, le contaba un cuento como siempre y le decía que me encontraba bien. Me aseguraba de que era feliz, quería que fuera la niña risueña que siempre había sido. Bailábamos, cantábamos, jugábamos. Ella me sonreía y me preguntaba si era real. Yo me limitaba a acariciarle la cabeza y a sonreírle. Hacíamos de las noches los días más largos. Era así cómo quería recordarla, y que así me recordase.


//

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s