Paseo otoñal por Sevilla

Nada que envidiar a una soleada tarde de verano. Va acabando el mes de octubre pero el verano parece que no quiere marcharse. Las altas temperaturas y los cambios atmosféricos tan bruscos son muy típicos de aquí, de Sevilla.

Me monto en bicicleta, comienzo a pedalear. Esta ciudad está hecha para tener bicicletas. No hace faltar pensar en el recorrido que harás. Los carriles verdes, en ocasiones rojos, te llevarán a tu destino. ¡Qué suerte tener que coger por el carril cercano al río! DSC_0379~2Gracias a los árboles el sol no me molesta demasiado. Miro a mi derecha y veo el Guadalquivir, ese enorme río que parte Sevilla en dos, Triana y el centro (esa es mi división).

Ahora recuerdo cuando una vez en clase de geografía me encontré en el libro con una foto de dicha ciudad. Entonces mi corazón no se aceleraba, se trataba de una ciudad más en la que, por cierto, nunca antes había estado. Ciudad de paso. Solo eso. Sigo con mi recorrido en bicicleta, el verde del césped brilla, hay personas tomando el sol, charlando, fumándose una cachimba, tocando la guitarra, cantando, tomándose una cerveza, deportista haciendo piragüismo mientras el barco de siempre pasea a los extranjeros, estudiantes de primero de carrera, posiblemente su primera salida por estos lugares. Se les ve en la cara. Este paseo es lo que tiene. ¿Qué estudiante de Sevilla no ha pisado esta zona?

DSC_0432Paso entonces el Puente de Triana, ¡qué bonito es! No puedo dejar de mirarlo mientras los viandantes transitan por él. Llego al final de este tramo y ¿qué puedo encontrar allí? La Torre del Oro, aquella que tantas reuniones nocturnas nos ha dado. Un sentimiento especial atraviesa mi cuerpo cada vez que veo este monumento. “Una simple torre”, podrían decir algunos. Es más que eso. Me imagino a mis compañeros y amigos teniendo muchísimas conversaciones a ciertas horas de la noche mientras nos “tomábamos algo” y comíamos pipas. Después cruzaríamos el puente y nos dirigiríamos a la famosa Calle Betis.  DSC_0454 2Entonces dejo atrás los recuerdos y continúo con mi paseo hasta el Puente de los Remedios, el cual dejo a la derecha para cruzar y pasar por delante del Costurero de la Reina. Cruzo de nuevo y paseo rodeando el Parque de Maria Luisa. Los árboles ya no son tan verdosos. Las hojas naranjas y rojas  caen encima de mí. Ya no es verano. Esta es una de las cosas más bonitas que tiene el otoño, ese colorido tan peculiar, esos rojos, amarillos y naranjas.  Esos colores unido al olor a lluvia que de vez en cuando se deja caer por esta ciudad. Este año ha empezado con fuerza, aunque solo fueron unos días puntuales.

Ahora nos volvemos a poner los pantalones cortos, mangas cortas pero sin guardar las botas que me puse la semana pasada. Como se suele decir, “el tiempo de los locos”. De igual modo te encuentras a una persona vestida de verano que a alguien con sudadera y con botas. IMG-20141024-WA0018Aunque lo que más acapara mi atención es la conciencia (tal vez adquirida por la crisis) de coger este transporte, la bicicleta. Puedes encontrarte a personas enchaquetadas dirigiéndose a su lugar de trabajo, a su oficina, en trajes, da igual hombres, mujeres, estudiantes o niños.

Da igual la hora a la que pasees por Sevilla, no importa andando  o en bicicleta. Solamente con respirar el ambiente,  observar las calles, los parques, ese centro lleno de gente, hace que sonrías. De vuelta escojo el mismo recorrido. Por el río. Ha anochecido casi sin darme cuenta. Las luces del Puente de Triana lo embellecen aún más. Las parejas se sientan  justo al borde del río mientras se entregan en besos y en caricias. Este lugar es lo que tiene. Otras siguen este precioso paseo cogidas de la mano.

Así llego al final de mi recorrido. Aparco la bicicleta con dificultad y me separo de ella. Me hallo en Plaza de Armas, miro a una de las pantallas donde se indica la hora del próximo autobús. Saco el móvil de mi bolsillo y muevo la cabeza.  Las diez menos cinco. He llegado a tiempo. Me subo al autobús como cualquier martes. Enciendo el Whatsapp, contesto a un par de conversaciones y vuelvo a guardar el móvil.

Miro a mi lado y el asiento está vacío. Extraño. Tampoco hay nadie delante ni detrás de mí. Casi tampoco puedo ver al chófer aunque las manos en el volante y el movimiento del autobús me indican que debe estar. Sonrío con un ápice de nostalgia y me sumerjo en mis  más profundos pensamientos.

-Yo soy yo y mis circunstancias-

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