Galway

Después de estar en Irlanda un par de meses ya pensábamos que era hora de pisar una ciudad de la cual nos quedaríamos maravilladas: Galway. Una ciudad no muy grande, pero compacta con muchos lugares a donde ir. Más pequeña que Cork pero con un encanto especial. Nuestra estancia allí ha sabido a poco pero lo hemos disfrutado a más no poder. 

Emprendemos el viaje

Eran las ocho de la mañana cuando sonó el despertador. María y yo estábamos en su casa dispuestas a emprender este viaje con nuestra amiga Laura, quien nos recogería una hora después con su coche. Mapas, GPS del móvil, papelitos con anotaciones que los padres de nuestras “host families” nos habían apuntado para que no tuviésemos problemas al salir del pueblecito y otras recomendaciones con lugares a los que ir una vez instaladas en Galway.

En tres horas de camino da tiempo de hablar de muchos asuntos y más si vas en coche con María y Laura, dos personas a las que les encanta mantener una conversación. Tocamos diversos temas, hablamos del futuro, del periodismo, de cuáles son nuestras metas, del idioma, de la vida de una au pair, entre otras cosas.  

El buen tiempo no nos acompañaba pero sí lo hizo una pequeña niebla. A veces llovía, de repente paraba. En fin, ya esto no nos extraña. Es el tiempo de Irlanda. Cuando el ambiente en el coche iba decayendo ya cercanas a nuestro destino nos vinimos arriba con la música de los delincuentes, con la impecable voz de María y un poco de flamenco. “Somos del sur”, y Laura tiene nuestra sangre.  

Llegamos a Galway

Tras tres horas de viaje llegamos a nuestro destino, lo cual no nos resultó difícil. El primer show llegó cuando vimos que el parking estaba lleno y tuvimos que esperar unos minutos hasta que se quedara un sitio vacío. Fue entonces cuando nos pusimos en paralelo a otro coche (él iba antes que nosotras), y le dije a Laura que apretara el botón ya que “la mujer del coche negro” estaba dormida. Así que le adelantamos y curiosa era la cara de la mujer al ver que nos poníamos primeras. Segundos después nos encontramos a un coche de frente, a contramano ¡y no éramos nosotras las que íbamos en el lugar opuesto! Es lo que se podría pensar (y yo pensé). Íbamos por nuestro lado, era el irlandés el que se equivocó. Risas, risas y más risas. El primer ingrediente que hay que poner en la maleta antes de partir.

Galway está muy bonito por estas fechas. Mucho ambiente por la calle, adornos navideños, gente cantando villancicos. Lo primero que nos llamó la atención fue un mercado que había cercano a una iglesia donde vendían muchos tipos de comidas: quesos, chocolates, dulces, incluso vendían sopas calientes, lo cual nos conquistó y fue nuestra comida un rato después. Todo un acierto.

Los españoles estamos por todos lados, allí conocimos a un grupo de muchachas au pairs, quienes nos informaron de que más tarde habría una actuación de rumbas en el Mercado Navideño de Galway (otro mercado).

Un rato después de llegar quedamos con Nieves, una amiga de la prima de María que lleva viviendo allí varios meses y fue nuestra guía en nuestro día en Galway. 

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Tras un paseo con ella por el centro y después de rodear el río Corrib nos dispusimos a ir a una tetería. Eso sí, la lluvia seguía y hubo un momento en el que nos tuvimos que resguardar en un portón. Aquí como digas “hoy hace mal tiempo mejor me quedo en casa” no pisas ninguna ciudad irlandesa. Tienes que acostumbrarte a que la lluvia va a ser tu compañera de viaje y con suerte, puede que sea una lluvia intermitente.

Después de estar un rato en aquella tetería que nos gustó bastante dimos un paseo por unos inmensos jardines verdes los cuales te conducían a la playa de Galway. Un banco frente al mar, donde ordenar tus pensamientos según Nieves.  Aunque antes de ir a estos jardines quisimos acercarnos a unos cisnes para hacernos fotos. Yo pensé que quizás huirían si nos acercábamos demasiado pero para mi sorpresa, sucedió al contrario. Éramos nosotras las que huíamos, ya que ellos se aproximaban demasiado con esos enormes pies y esos grandes picos. Creo que tenían hambre. Jamás pensé que un cisne me daría miedo.

Después nos dirigimos al Puerto de Galway, el cual, dicen, que guarda similitud con puertos españoles debido a las relaciones existentes entre ambos países durante los siglos XV y XVI. Personalmente, me quedo con Sancti Petri, Chiclana de la Frontera.

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La magia de Galway envolvía la ciudad, una impecable atmósfera navideña, alegría, sonrisas, las luces ya encendidas y nos encontramos en el Mercado Navideño de Galway. Definitivamente, parecía un lugar de película. Muchos puestos tanto de comida, de chocolates calientes, crepes, perritos calientes. Quizás es la mejor época para visitar esta fabulosa ciudad pero no puedo opinar ya que tan sólo se trata de mi primera vez en Galway, aunque me encantaría volver en otra época del año.  A la entrada se hallaba un bar donde en unos minutos comenzarían a sonar las rumbas. Fue allí donde dijimos que teníamos que probar algo típico de la época y del lugar, por lo que nos subimos al carro y nos pedimos un vino caliente. ¡Gran error! Laura y yo no nos lo pudimos acabar y  María, aunque tampoco le hizo gracia, se lo acabó. Somos más del tinto de verano, ¿no? Y ese se bebe en verano, en otoño, en invierno…

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Más tarde decidimos entrar en algunos pubs donde preferimos beber nuestra querida sidra. Mucho mejor que el “hot wine”. El padre de mi “host family” nos aconsejó The Quays, donde pudimos disfrutar de música en directo y de buen ambiente.

Decidimos volver temprano al hostal puesto que al día siguiente nos queríamos despertar temprano y visitar algún que otro sitio antes de partir hacia los Clifss of Moher. María y Laura comenzaron a hablar pero como es de costumbre, yo pronto me quedé dormida aunque, sinceramente, no fue la mejor noche y me desperté muchas veces durante la misma.

A la mañana siguiente fuimos a la playa de Galway, el tiempo justo para hacernos una foto y volver al coche ya que hacía mucho frío, viento y llovía. Después nos dirigimos a un pueblo que estaba a tan sólo diez minutos de la ciudad, Barna. Nos quedamos con las ganas de visitar el famoso bosque  del lugar pero no teníamos tiempo, así que fuimos a la playa, donde el olor a mar se coló por nuestras fosas nasales. Fuimos precavidas y nos compramos unos bocatas, pues llegaríamos a Los Cliffs a nuestra hora de almorzar.

Tras dos horas de viaje con menores discusiones acerca de hacer caso al mapa o al GPS llegamos a nuestro destino. Decidimos comer en el coche ya que fuera hacía demasiado frío y luego salimos rumbo a los acantilados. Precioso paisaje, magníficas vistas, aunque el tiempo no estaba muy favorable y la bruma no nos dejaba ver unas islas que al parecer, con buen tiempo, se pueden ver perfectamente. El viento tampoco nos ayudó demasiado ya que no pudimos bajar por los acantilados. Éramos conscientes de que hacerlo era peligroso, por lo que decidimos ir por la ruta fácil. 

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Sobre las 16.30-17.00 pm emprendimos el camino rumbo a casa, tampoco queríamos llegar muy tarde, pero a mitad del camino se nos ocurrió la idea de parar en Cork, en nuestro Oliver Plunkett. Era domingo por lo que estábamos aún en nuestro día “off”, así que, ¿por qué no? Y eso hicimos, nos sentamos a tomarnos un refresco mientras escuchábamos música y para mi sorpresa cantaron “Video are killed the radio star”, por lo que no podía terminar mejor la noche.  Tenemos que sacarle el máximo partido a los fines de semana. Es nuestro momento.

A eso de las 21.00 pensamos que era hora de volver a la casa ya que Laura tenía que llevarnos y nuestras carreteras de noche son lo peor. Efectivamente, nos perdimos yendo de vuelta. Sin GPS, móviles sin batería, en el mapa no aparecía nuestro pueblo…Un poco locura el último tramo del viaje, pero decidimos parar en un pub donde una mujer supo indicarnos correctamente dónde se encontraba nuestro destino. Y más mérito tuvo Laura ya que tenía que volver sola a casa por esos caminos, pero supo hacerlo perfectamente desde nuestras casas.

“Home sweet home…”… No, I will say that when I am in my real home, in Chiclana. Sure. 

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